En su nueva película de ciencia ficción, Steven Spielberg combina thriller de espionaje, reflexión humanista y espectáculo cinematográfico para preguntarse si todavía somos capaces de escuchar, mirar y confiar en el otro. Una obra sobre extraterrestres que, en realidad, habla de nosotros.
«La cámara es un instrumento que enseña a la gente cómo ver sin cámara.» Dorothea Lange
Solo Spielberg nos toma de la mano y nos hace escuchar y ver. Su nueva película sobre extraterrestres, Disclosure Day, vuelve a demostrar todo su prodigio. Desde la manera de contar una historia a través de planos trascendentales, movimientos de cámara precisos, una simbología que nunca subraya de más y la música siempre imprescindible de John Williams, Spielberg sigue haciendo algo que parece cada vez más difícil: equilibrar la fuerza del espectáculo con la sensibilidad de una verdadera obra de arte.
Como el gran jugador de géneros que es, toma la esencia de un thriller de espionaje y la espiritualidad de la ciencia ficción para preguntarnos cómo estamos como humanidad. La verdadera pregunta de la película no es si existen los extraterrestres, sino si estamos preparados para la verdad. ¿Estamos listos para dar un salto de fe? Mientras sigamos llenando el mundo de guerras, conflictos y divisiones, parece difícil pensar en un encuentro con aquello que nos excede. Disclosure Day nos invita a escucharnos, a pensarnos y a recuperar la empatía como punto de partida para volver a humanizarnos.

La historia sigue a David Kellner, interpretado por Josh O’Connor, una elección perfecta porque posee esa mirada melancólica que el personaje necesita. David es un prodigio de las matemáticas y un hacker que trabaja para una empresa dedicada a realizar inteligencia para el gobierno, aunque gran parte de su tarea consiste en encubrir la presencia extraterrestre en la Tierra. Su búsqueda será revelar la verdad junto a un grupo de colegas liderado por un enorme Colman Domingo, heredero natural de esa tradición de actores como Morgan Freeman: figuras cuya sola presencia transmite sabiduría, calma y una profunda autoridad moral.
Pero el alma de la película es Emily Blunt. Spielberg le entrega acá el mejor papel de su carrera, uno que le permite desplegar toda la emocionalidad que atraviesa su cine: el trauma infantil, la búsqueda de identidad, la necesidad de creer en el otro y la esperanza como acto de resistencia. Blunt sostiene el corazón de la película sin caer nunca en el sentimentalismo fácil.
Y es justamente ahí donde aparece una de las mayores virtudes de Disclosure Day. Mientras algunos discuten si Spielberg sigue siendo ingenuo o excesivamente sentimental, quizás están dejando de ver todo lo que está poniendo en escena. Desde ese comienzo dentro de una caja de lucha libre —un espectáculo que sabemos coreografiado, diseñado para producir emociones inmediatas— la película construye un recorrido sobre la mirada, sobre aquello que vemos, aquello que escuchamos y aquello que elegimos creer. Todo el film funciona como una reflexión sobre la crisis de fe contemporánea, pero también sobre la posibilidad de recuperar la verdad en un mundo saturado de ruido.

Por eso su tercer acto resulta tan poderoso. Porque la verdad no aparece como una gran revelación, sino como algo que siempre estuvo ahí, esperando que alguien decidiera mirar. Me remitió inevitablemente a Nope de Jordan Peele, otra película obsesionada con el acto de observar y registrar. Y mientras plataformas como Netflix parecen empeñadas en explicarlo todo, hablando constantemente por encima de las imágenes y subestimando a sus espectadores, Spielberg sigue confiando en algo mucho más simple y revolucionario: la capacidad de mirar. Disclosure Day no nos pide que creamos en los extraterrestres. Nos pide algo mucho más difícil. Que volvamos a creer en las imágenes.
