Acostumbrado a diseccionar crisis geopolíticas y conflictos internacionales, el documentalista francés Pierre-Olivier François decidió aplicar su mirada de investigador a un terreno diferente: el cine de tensión. En su documental para la prestigiosa colección Il était une fois… de la cadena ARTE, el director desmonta los engranajes de As Bestas, la obra maestra de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña.
Para Spanglish Cinema, François detalla cómo fue adentrarse en la Galicia rural, no para grabar un simple «detrás de cámaras», sino para confrontar la ficción cinematográfica con la cruda realidad que la inspiró.
De la geopolítica al thriller rural
La transición de documentar conflictos reales a analizar una película de ficción podría parecer inusual, pero para François, la conexión era evidente.
«Normalmente hago documentales de política y geopolítica. Yo intento contar lo real, y el cine cuenta la ficción», explica el director. «Pero en el caso de As Bestas, ellos parten del mundo real y lo transforman para construir su historia. Esa dualidad fue lo que me atrapó».
Lejos de limitarse a la gramática clásica del making-of, François abordó la película como un periodista de investigación. Regresó a los lugares de rodaje y colaboró estrechamente con el sociólogo Jérôme Ferré (quien también había asesorado a Sorogoyen) para entender el contexto de la región gallega. Para François, era vital explicar al espectador internacional la realidad de esa «España del vacío», una zona marcada por la pobreza histórica y el abandono institucional.

«Es una forma muy distinta de narrar la tensión», señala François al analizar el estilo de Sorogoyen. «Aunque la violencia es omnipresente en sus películas, aquí no se trata de disparos. Es una violencia simbólica, estructural y social. Es el peso de lo que la gente siente y de cómo ese entorno los marca».
La empatía por lo «salvaje» y el giro femenino
Uno de los grandes triunfos de As Bestas es su capacidad para polarizar y luego transformar la perspectiva del espectador. La historia enfrenta a unos ecologistas franceses recién llegados con los rudos habitantes locales, un choque que, según el documentalista, resuena a nivel global.
«Es una historia que sucede en un pueblo diminuto, pero que es absolutamente universal», reflexiona. «Te puedes identificar con los ‘buenos’ neorrurales que llegan con ideas ecológicas, pero que en el fondo son algo rígidos y dogmáticos en su discurso. Toda la fuerza y la inteligencia de la película reside en que, al final, no puedes evitar estar de acuerdo y entender a quienes al principio te parecían unos brutos».
François confiesa que, al ver la película por primera vez, la intensidad de la primera mitad lo abrumó: «Pensé: ‘¡Madre mía, esto va a ser duro!’ Pero luego llega ese quiebre a la mitad. La película cambia radicalmente y se convierte en una obra femenina. Pasar de una visión tan masculina y asfixiante a otra cosa me pareció de una inteligencia formidable». Esta dualidad se vio enriquecida en el documental al entrevistar no solo al director, sino también a la coguionista Isabel Peña, cuyas perspectivas y voces aportaron matices muy distintos a la narrativa.
El encuentro con Margo Pool: La realidad frente a la cámara
El clímax emocional del trabajo de investigación de François fue su encuentro con Margo Pool, la viuda real cuya trágica historia inspiró el filme. Aunque su caso ya había sido cubierto por otros documentales de true crime, el enfoque aquí era distinto: no se trataba de revivir el trauma, sino de explorar cómo el cine había reinterpretado su vida.

«Nos recibió muy temprano por la mañana, mientras ordeñaba a sus cabras, con los valles cubiertos de niebla. Fue una imagen increíble», recuerda con fascinación. «En la entrevista fue absolutamente mágica y generosa. No piensa ni funciona exactamente igual que Rodrigo Sorogoyen o Isabel Peña en su guion, y eso es lo interesante».
El documental captura un momento de profunda vulnerabilidad del propio Sorogoyen, quien admite ante las cámaras de François el terror que sentía ante la idea de mostrarle su película a Margo. Una prueba más de que, cuando el cine se atreve a mirar a los ojos a la realidad, la línea entre el creador y el testigo se vuelve tan frágil como fascinante.
