Lejos de ser una secuela innecesaria, Toy Story 5 encuentra una nueva razón para existir. Con Jessie como protagonista, humor, aventura y una mirada inteligente sobre las pantallas, el juego simbólico y los vínculos reales, Pixar vuelve a conectar con la esencia que convirtió a la saga en un clásico generacional.
Es difícil saber cuáles son hoy los intereses de una industria como Pixar: si realmente contar historias para las infancias o seguir exprimiendo franquicias para acumular riqueza. Pero si algo seguimos esperando de ellos es que nos regalen relatos con corazón, donde la genuinidad todavía se sienta.
Este año ya nos habían dado una gran sorpresa con Hoppers, una película emocionante que invita a pensar nuestro lugar en un mundo compartido con los animales, el impacto del cambio climático, la gentrificación y una sociedad cada vez más hiperconectada. Una de esas fábulas modernas que continúan la conversación mucho después de terminada la función, cuando la familia vuelve a casa y la moraleja sigue viva.

Entonces surge la pregunta: ¿por qué una Toy Story 5 en el mismo año?
Como alguien que ama profundamente la trilogía original, que creció junto a Andy y sus juguetes, y que ahora comparte esas mismas películas con su hijo, la respuesta es sencilla: siempre va a ser emocionante volver a ellos. Más allá de los objetivos comerciales de Pixar o, mejor dicho, de Disney, existe un vínculo emocional imposible de negar.
Y lo más sorprendente es que esta vez encontraron el rumbo.
A diferencia de la cuarta entrega, donde no solo los juguetes parecían perdidos sino también sus propios creadores, aquí la saga recupera la brújula. La decisión de darle protagonismo a Jessie (voz joan Cusack) resulta refrescante, el reencuentro con la dinámica entre ella y Buzz (voz Tim Allen) recuerda los mejores momentos de la tercera película, y Woody (voz Tom Hanks) vuelve a ocupar ese rol de guía y figura paternal que siempre definió a la saga.

Pero donde realmente acierta Toy Story 5 es en la fábula que construye para nuestro tiempo.
La comunidad científica lleva años advirtiendo sobre un fenómeno evidente: la tecnología está modificando la forma en que los niños juegan, se relacionan y construyen vínculos. No se trata solamente del tiempo frente a las pantallas, sino de la pérdida progresiva del juego simbólico, esa capacidad de tomar un juguete cualquiera e inventar mundos enteros.
¿Dónde quedaron esos mundos?
La película responde a esa pregunta con humor, aventura y muchísimo corazón, pero sobre todo lo hace sin caer en discursos simplistas o reaccionarios. No plantea una guerra contra la tecnología ni un nostálgico «todo tiempo pasado fue mejor», más bien propone que la tecnología puede ser una aliada cuando los adultos acompañan, se involucran y miran a los ojos a sus hijos.
Por eso la elección de Jessie funciona tan bien. Su misión es ayudar a Bonnie a conectar con otras personas, a encontrar una amistad y descubrir quién es realmente antes de quedar absorbida por Lilypad, una tablet inteligente diseñada para reemplazar cada instante de entretenimiento.
La película incluso encuentra pasajes brillantes para hablar de nuestro presente. Hay una secuencia donde los juguetes caminan entre los humanos sin ser descubiertos. Durante décadas, el gran juego de la saga consistió en evitar que los adultos los vieran moverse. Pero hoy los personajes atraviesan espacios llenos de personas tan absortas en sus dispositivos que ni siquiera levantan la vista. Es un chiste efectivo, pero a su vez es también una observación real e incómoda.
Por supuesto, hay nuevos personajes, rescates imposibles y aventuras que remiten constantemente a la primera película. Se nota la mano de Andrew Stanton como director, responsable de maravillas como Buscando a Nemo y WALL·E, decidido a llevar la franquicia de regreso a sus bases. El resultado es un viaje nostálgico que se siente genuino y que encuentra algo valioso para decir sobre nuestro presente.
Y como evento cinematográfico, también tiene algo profundamente emocionante.
En mi caso, verla junto a mi hijo fue recordar que Toy Story siempre habló de herencias invisibles. De los juguetes que guardamos en una caja, pero también de los juegos, las historias y las emociones que conservamos en el corazón para entregarlas algún día a quienes vienen después.
Porque, en el fondo, esa sigue siendo la gran misión de Woody y compañía.
!Que nunca se apague la infancia¡
