En Matininó, la directora Gabriela Díaz Arp cede el control a la familia Villanueva, permitiendo que cuatro generaciones de mujeres puertorriqueñas escriban y protagonicen su propia película de fantasía. Un viaje íntimo donde los monstruos de cartón sirven para enfrentar los fantasmas reales de la violencia machista.
Darle la autoría a la familia Villanueva no fue solo una decisión estética, sino un compromiso ético. «Queríamos que la película se sintiera auténtica a su experiencia, a su estilo y a su creatividad», explica la directora.

El desafío logístico fue mayúsculo: con un presupuesto limitado, tuvieron que recurrir a artistas de marionetas y artesanos para construir criaturas fantásticas como la «Mujer Araña» y el «Cíclope». Pero el verdadero reto se dio en la sala de montaje: «El desafío fue encontrar la manera de conectar sus historias auténticas con este mundo de fantasía que estaban creando en tiempo real, logrando que la trama tuviera sentido y siguiera una estructura narrativa clara para el público».
Monstruos para nombrar lo indecible
En Matininó, vemos en pantalla a mujeres que van desde los 5 hasta los 75 años. Encontrar un lenguaje común para hablar del trauma intergeneracional parecía imposible. La solución llegó a través de la fantasía.
«Hay emociones comunes que tenemos desde pequeños, como el miedo, pero que un niño entiende mejor si se representan como monstruos o cosas aterradoras, como las arañas», reflexiona Díaz Arp. «La creación colectiva fue una forma de que la familia tuviera un lenguaje compartido. Les dio cierta distancia para hablar de cosas personales, porque a veces lo abordaban a través del prisma de este personaje de ficción (su avatar) en lugar de decir directamente: ‘Esto es lo que yo viví'».
Al observar a las diferentes generaciones, la directora notó cómo el peso del silencio cambiaba. Mientras que Idalis, la mayor, inicialmente se resistía a hablar del pasado y prefería que este se quedara atrás, las generaciones más jóvenes mostraron mayor apertura para compartir sus experiencias y sanar.
La película también expone cómo la violencia muta con el tiempo. Las más jóvenes quizás no experimentan el abuso físico directo de un agresor, pero heredan problemas de salud mental o se enfrentan a una misoginia más sutil en su entorno, como los comentarios despectivos de un padre sobre su aspecto.
El acto de resistencia de no guardar silencio
El machismo y los ciclos de abuso son sistemas profundamente arraigados, y romperlos requiere valentía. Para Díaz Arp, el simple hecho de hablar es revolucionario. «Las mujeres, especialmente en América Latina, el Caribe y Estados Unidos, han tenido que guardar silencio durante mucho tiempo para convivir con estos sistemas patriarcales de abuso». Al atreverse a contar su historia, la familia Villanueva crea una resistencia que «esperamos que otras personas puedan ver y sean lo suficientemente valientes como para compartir también sus historias».
Un espejo profundamente personal
Detrás de la cámara, el viaje fue igualmente catártico para la directora. La idea de la película nació de su propia historia familiar puertorriqueña.

«Teníamos muchos secretos de los que no hablábamos, relacionados con abusos en nuestra familia y problemas de salud mental», confiesa. «Desafortunadamente, ya no tengo a las matriarcas de mi familia; mi madre y mi abuela fallecieron. Así que quería un espacio para explorar esto con honestidad. Como creativa, siempre pensé: ¿qué pasaría si hubiéramos usado la creatividad para hablar de estos temas difíciles? ¿Habría sido más fácil romper esos patrones?».
Al final de este largo y sanador proceso, la lección más grande que la familia Villanueva le dejó a la cineasta fue sobre la imperfección de la resiliencia. «Me enseñaron que no somos perfectos y que la sanación no es un camino lineal. No siempre se hace perfectamente… pero a pesar de los desafíos y los conflictos, en el centro hay amor. Se dan mucha gracia mutua en el proceso para estar ahí la una para la otra, y simplemente escuchar».
