La argentina Lucrecia Martel (59) es probablemente una de las más influyentes directoras latinoamericanas como parte del Nuevo Cine Argentino, que desafía los límites del lenguaje cinematográfico desde la mirada del tiempo en sentido no lineal, el sonido como parte del propio argumento y la lectura de la imagen ralentizada, como efecto del uso de los recursos de la totalidad del cuadro y no sólo de lo visual.

Su exploración de la vida en las provincias la desliga del habitual centralismo bonaerense al filmar en su Salta natal, territorio que es parte fundamental de la atmósfera cargada y húmeda en la que vive la decadente y desganada burguesía de La Ciénaga (2001); del microcosmos de un hotel termal, el aislamiento y el desamparo de una adolescente en La niña santa (2004); y de la inmensidad y sequedad de los caminos rurales donde la aparente calma se vuelve aterradora en La mujer sin cabeza (2008). Tres ficciones que pertenecen a su «trilogía salteña».
En el caso de Zama (2017) -su última y fascinante ficción que es una adaptación cinematográfica de la novela de Antonio di Benedetti del mismo nombre, sobre un corregidor del siglo XVIII que sufre la excesiva postergación de su traslado-, la filmación se traslada a Corrientes y la selvática Formosa, en que el territorio es clave para narrar la desesperación por la espera. Ello, junto al uso del sonido, que es donde ocurren los pensamientos del personaje (justamente por la complejidad de su voz subconsciente, muchos consideraban la novela infilmable). En Zama, es lo sonoro el recurso que organiza lo que se ve y no al revés.
En su quinto largometraje (el más convencional de su filmografía), Martel incursiona en el documental por primera vez en su vasta carrera con «Nuestra Tierra» (que le tomó unos excesivos 14 años de trabajo), desplazándose a la Provincia de Tucumán en el noreste argentino. La directora salteña hace un seguimiento del juicio por el asesinato del comunero diaguita Javier Chocobar y un análisis exhaustivo de archivos familiares, para abordar el racismo y la persistencia del colonialismo en la sociedad argentina.
Con dos horas de duración (longitud que es bastante inusual en un documental), Lucrecia Martel se toma el tiempo que sea necesario para reconstruir la memoria de la familia de Chocobar como parte de la comunidad indígena Chuschagasta, basándose en el archivo fotográfico que guardó por años la esposa del asesinado cacique.
Es ése uno de los aspectos que la vinculan con su tradicional sello autoral contrahegemónico, al darle espacio en la pantalla a historias pequeñas de integrantes de la familia, que en realidad reflejan el profundo fenómeno social de la migración campo-ciudad en busca de trabajo y, en muchos casos, la discriminación a los pueblos originarios que han sufrido desde siempre.

El despojo histórico a las comunidades indígenas, la violencia estructural y el racismo sistémico que sufren, se condensan en la violenta incursión en tierras ancestrales de un empresario minero y un ex policía armado que asesinan a Javier Chocobar, cuya muerte quedó impactantemente registrada en video y fue difundida en YouTube.
A pesar de las pruebas fehacientes presentadas por la comunidad diaguita Chuschagasta (cuyo nombre significa «pelo grueso» en quechua), el juicio está cargado de prejuicios, estereotipos, discriminación por etnia e invisibilización del despojo que han sufrido los pueblos originarios desde la colonización. Los sesgados testimonios de los imputados y comentarios del tipo «no sé para qué sacan fotos, si nadie les da bola en tribunales», evidencian la falta de neutralidad de las instituciones cuando se trata de usurpación territorial, incluso, si terminan con un asesinato.
La aguda mirada a la burguesía y las dinámicas sociales que ha caracterizado el cine de la Martel, en «Nuestra Tierra» revelan las prácticas históricas de los terratenientes, que se repiten una y otra vez como en un loop.
La propuesta visual cargada de imágenes de drones para dar cuenta del territorio tucumano, resulta un recurso algo llamativo en el cine de la directora, al igual que la imagen inicial del espacio exterior un tanto grandicoluente al son de la misa criolla en la voz de la gran Mercedes Sosa.
Si duda es la ficción el género cinematográfico en que Lucrecia Martel se despliega con mayor propiedad y libertad al punto de haber revolucionado el cine argentino, pero en su primer documental «Nuestra Tierra» logra darle voz a comunidades que defienden sus territorios ancestrales como parte intrínseca de su identidad como pueblos originarios.-
