Más allá del slasher: 3 razones para no perderse Teenage Sex and Death at Camp Miasma

Tras inaugurar Un Certain Regard y alzarse con la prestigiosa Queer Palm en el Festival de Cannes 2026, llega finalmente a las salas de cine la tercera película de Jane Schoenbrun: Teenage Sex and Death at Camp Miasma (Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma).

Producida por MUBI y Plan B, la nueva película de la cineasta detrás de We’re All Going to the World’s Fair e I Saw the TV Glow se aleja de la melancolía asfixiante de sus trabajos anteriores para sumergirse en una propuesta libre, festiva y provocadora. Protagonizada por la icónica Gillian Anderson (The X-Files) y la revelación de Hacks, Hannah Einbinder, la cinta es mucho más que un homenaje noventoso al género de terror. Consigue ser una reflexión sobre cómo las ficciones habitan en nuestro cuerpo y moldean nuestras pasiones.

Fotograma Teenage Sex andDeath at Camp Miasma

En Spanglish Cinema te compartimos tres razones clave para sumergirte en el universo de Schoenbrun.

1. El cine como espejo (y refugio): lo que miramos moldea nuestra experiencia

A diferencia del terror comercial clásico, donde la amenaza es un monstruo externo que viene a destruirnos, Jane Schoenbrun utiliza la iconografía del slasher para explorar un territorio infinitamente más íntimo: la disforia de género, el deseo, la sexualidad y el proceso de sanar traumas para volver a habitar el propio cuerpo.

En conversación con IndieWire, Schoenbrun explicaba su particular «escala de monstruos y sangre», que fluctúa intencionadamente a lo largo del film: desde géiseres de sangre hiperbólicos y secuencias con estética de videoclip slick, hasta sangre tan descaradamente falsa que parece yogur rosa de producción noventera.

Este distanciamiento constante no es un simple guiño estético o un chiste camp. Al recordarle a la audiencia que lo que está viendo es un artificio, Schoenbrun construye un espacio seguro. En palabras con Deadline: «Si se vuelve demasiado real, siempre puedes apagarlo». Ese consentimiento implícito entre la pantalla y el espectador permite que, al saberse a salvo en la ficción, la audiencia pueda conectar de lleno con las emociones más crudas y reales que emergen en el camino.

2. Sátira a Hollywood: el arte de resistir al mercantilismo de las franquicias

La trama sigue a Kris (Hannah Einbinder), una joven cineasta independiente encargada de resucitar una vieja saga de películas de zombis y asesinos enmascarados nacida en los años 80. En su búsqueda por entender los orígenes de la historia, Kris viaja hasta un bosque aislado para convencer a la antigua Final Girl original, Billy Presley (Gillian Anderson) quien vive recluida a lo Norma Desmond, atrincherada en sus glorias pasadas, de hacer un cameo.

A través de esta premisa, la película despliega una crítica filosa y satírica sobre la maquinaria cinematográfica de las grandes corporaciones. Con un gran humor negro, Schoenbrun parodia la obsesión de la industria por exprimir marcas hasta el cansancio, inundando la cultura pop de secuelas mediocres, reboots innecesarios y merchandising vacío. Es una lección sobre quiénes ostentan la voz en el cine actual y cómo la mirada independiente puede subvertir esas reglas desde adentro.

Fotograma Teenage Sex and Death at Camp Miasma

3. La experimentación y el «juego» como actos de libertad

Luego del grito desgarrador que significó I Saw the TV Glow, Camp Miasma representa para Schoenbrun un retorno a la infancia, a la fascinación por la sección de terror de los videoclubs y al placer de inventar historias por el puro gusto de jugar.

Como una de las voces trans y queer más potentes e inconfundibles del cine contemporáneo, Schoenbrun demuestra que es posible escalar a presupuestos mayores, trabajar con estrellas de primer nivel y arrasar en festivales de la talla de Cannes sin diluir la identidad ni comprometer un solo principio artístico.

Lejos de una clase magistral solemne, la película está concebida como «una conversación entre amigos», palabras de Jane.  Una invitación abierta a habitar la rareza, abrazar la incorrección política y disfrutar del cine como un territorio de libertad colectiva.

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