“Dau” culmina el megaproyecto del apátrida Ilya Khrzhanovsky -iniciado hace veinte años-, en lo que es un largometraje aglutinador de ambición extraordinaria.
Cuando una película de gran magnitud aterriza en festivales importantes la experiencia es de irrealidad, como si una vez proyectada para el gremio periodístico pasase a formar parte de un insólito estado de congelación. El filme todavía no es del público, por lo que el círculo de la recepción aún no se ha cerrado. La historia nos enseña que el tiempo es el crítico de cine más implacable, ya que permite situar las obras en sus contextos y dotarlas de sus respectivos niveles de importancia. En ese sentido, lo primero que este crítico pensó al abandonar la sala es que este trabajo necesita ser exhibido en el máximo número de salas posible. Que sea una película discutida, confrontada, analizada, amada incluso en su extrema dureza.
El cometido del cineasta, que ofrece su contrapunto respecto a “Oppenheimer” -incluso a “La Odisea”- tal y como Tarkovski respondió al “2001” de Kubrick con su “Solaris”, es contar la historia de Lev Landáu, premio Nobel de Física en 1962.
Es absolutamente fascinante cómo el director acomete sus contrariedades, su genio o sus relaciones problemáticas con las mujeres, y lo presenta del mismo modo que lo despide: perdido entre la multitud, alejándose en el fragor de las calles como un hombre anónimo que, hijo de una época complejísima a nivel político y social, no pudo poner sus impulsos a la altura de su talento mental. Pese a que fue encarcelado y torturado por las fuerzas gubernamentales, “Dau” también muestra que las mujeres siempre han ocupado el papel de víctimas ante la impunidad de acción de los hombres respetados por cierto poder. A este respecto, el retrato de su mujer, Kora, y de su amiga de infancia en la segunda parte, están muy cerca del heroísmo femenino fassbinderiano, como ese otro personaje femenino que le pregunta a otro físico si, antes de los preparativos y los cálculos para la bomba atómica, “los científicos tienen alma”.

La estética y el desarrollo dramático del filme remiten a “The Brutalist”, que aterrizó en Venecia hace justo dos años, pero la sensación imperante es que Khrzhanovsky, en un gesto creativo de enorme valentía, se atreve a mucho más que lo que se toleraría en el cine de estudios norteamericano. En las imágenes están presentes las huellas de Vértov o de Bondarchuk, y una de las grandes virtudes de “Dau” es que trata a sus personajes como sujetos vivos y deseantes.
Escribía Herbert Marcuse que la sociedad industrial avanzada, camino de la cibernética, absorbía la vida privada del individuo para someterlo a mecanismos de control colectivo cada vez más sofisticados, y cuyo grado de penetración llevó a confundir, a lo largo del siglo XX, a la sexualidad liberada con la represión individual. Es meritorio que en ningún momento el autor se olvide de filmar a las personas realizando sus oficios, en las avenidas, en las fábricas, tras las ventanas, como un Hitchcock que abandonase el set o un Monicelli que hubiese querido rehacer “Los Camaradas”.
Khrzhanovsky, que inyecta varias dosis de placer intelectual y peina las calles de Leningrado y de Moscú con un ya casi extinto sentido del realismo, vuelve a actualizar lo que Siegfried Kracauer entendía por flujo de la vida. En una extensa trama que aglutina diferentes épocas y puntos de vista (de los años veinte a la década de los sesenta en la URSS), las escenas trazan un recorrido muy interesante desde el plano general al plano íntimo, pese a que nunca están enteramente separados. Desde los últimos estertores de la Revolución Rusa hasta los experimentos estalinistas, “Dau” es un fresco histórico que quedará para el recuerdo y que escocerá a generaciones.
Empezamos a comprender lo que ha supuesto el pasado siglo -cuando la humanidad descubrió que se podía aniquilar varias veces-, y películas monumentales como esta, que vuelcan sobre la pantalla un enorme bagaje de conocimiento humano, apelan al presente de un modo demoledor, inasumible en un primer visionado.
