En la nueva película de Christopher Nolan, Anne Hathaway interpreta a Penélope, una mujer marcada por 20 años de espera. La actriz habla sobre su tercera colaboración con el director, el desafío de interpretar un personaje con 3.000 años de historia y la experiencia de descubrir, frente a una cámara IMAX, un mundo que podía ser tan monumental como íntimo.
Hay personajes que exigen preparación. Y hay otros que parecen exigir, además, una conversación con la historia. Para Anne Hathaway, interpretar a Penélope en The Odyssey significó enfrentarse a una figura que ha sobrevivido durante miles de años, pero cuya esencia sigue siendo profundamente humana: el amor, la espera, el dolor y la incertidumbre.
La experiencia también representó un nuevo capítulo en su relación profesional con Christopher Nolan. Hathaway trabajó por primera vez con el director en The Dark Knight Rises, cuando tenía poco más de 20 años; volvió a hacerlo en Interstellar, ya en sus 30; y ahora, en sus 40, se encuentra nuevamente bajo su dirección en The Odyssey.
Tres décadas, tres películas y distintas versiones de una misma actriz.
“Cada vez estás completamente consumida por este sentimiento de gratitud”, contó Hathaway al recordar su experiencia con Nolan. Lo describe como alguien capaz de inspirar una enorme exigencia profesional, pero que al mismo tiempo conserva una cercanía y una sencillez poco habituales.
“Nunca has trabajado más duro, pero te despiertas temprano simplemente porque quieres estar ahí, absorbiéndolo todo, cada segundo”, explicó.
Para Hathaway, esa admiración no se limita al trabajo. Ahora que tiene una carrera consolidada y una familia, también encuentra inspiración en la manera en que Nolan y su esposa, la productora Emma Thomas, han conseguido equilibrar sus ambiciones profesionales con su vida personal.
Entrar en la mente de una mujer de hace 3.000 años
Interpretar a Penélope implicaba un desafío particular: no se trataba simplemente de construir a una mujer de otra época, sino de comprender el mundo que la había formado.
Durante los primeros días de rodaje, Hathaway sintió que necesitaba encontrar su lugar dentro de una historia que acumulaba siglos de cambios culturales, religiosos y morales.
“Cuando voy de pensamiento en pensamiento dentro del personaje, siento que tengo que saltar cientos de años de historia”, explicó.
Para encontrar ese punto de conexión, la actriz estudió diferentes materiales, entre ellos el trabajo de un estudioso de la Biblia relacionado con la Carta a los Hebreos y sus raíces en el griego antiguo. El texto le permitió aproximarse al mundo helénico y comprender también cómo algunas de aquellas ideas habían influido posteriormente en la tradición judeocristiana.
Incluso determinadas palabras griegas se convirtieron en herramientas para entrar emocionalmente en el personaje. Hathaway mencionó archegos y kakia, asociada esta última con la idea del mal.
Pero, después de todo el estudio, había algo que no podía aprenderse en un libro.
“Hay algo muy universal en ella. Hay algo muy cautivador. Hay algo elemental”, dijo sobre Penélope.
Esa universalidad sería finalmente su punto de entrada.
Un mundo que podía verse de otra manera
El trabajo de preparación tampoco terminó en el personaje. Hathaway quedó fascinada por el universo visual diseñado para la película, particularmente por el trabajo de la diseñadora de producción Ruth De Jong.
Durante el rodaje, la actriz intentaba no mirar demasiado hacia las cámaras o los monitores. Quería concentrarse en la escena y en sus compañeros, dejar que Nolan guiara su actuación y evitar que la tecnología interfiriera con su instinto. Hasta que un día miró accidentalmente uno de los monitores instalados en el equipo de cámara.
La habitación que creía conocer perfectamente apareció ante ella transformada. A través de la cámara descubrió una composición llena de geometría, líneas y detalles que no había percibido desde dentro del espacio.

Era, según su descripción, un diseño que podía sentirse simultáneamente sofisticado y primitivo. Su reacción fue intentar apartar la mirada.
“No mires, no mires, no mires. Vas a enloquecer”, recordó entre risas.
Porque en ese instante comprendió que no solo estaba trabajando en una película: también estaba empezando a convertirse en espectadora de ella. Y le gustaba lo que veía.
“Voy a ser la mayor fan de esta película”, bromeó.
La rabia contenida y una espera de 20 años
Hathaway abordó también la complejidad emocional de Penélope. Una de las claves de su interpretación fue precisamente evitar expresar demasiado.
En muchas escenas, explicó, las emociones debían deslizarse por su rostro casi imperceptiblemente. Penélope carga con el peso de su pasado y con la incertidumbre de no saber si algún día encontrará una resolución.
Pero hay momentos en que esa contención desaparece.
En una escena junto a Telemaco, Hathaway imaginó que Penélope llevaba una especie de máscara de rabia. No quería representar el enojo de una manera convencional, sino alcanzar ese estado en el que la emoción es tan intensa que parece transformar físicamente el rostro. Por eso decidió no exagerar. La fuerza debía hablar por sí misma y el encuentro con Odiseo, en cambio, requería exactamente lo contrario.
Después de dos décadas de espera, Penélope finalmente se encuentra ante aquello que había deseado durante años. Hathaway quería que cada emoción fuera visible para el público: la felicidad, el miedo, la incredulidad y la posibilidad de que todo aquello no fuera real.
“¿Es real? ¿Estoy soñando? ¿Morí? ¿Es una trampa? ¿Qué está pasando?”, explicó al describir el torbellino emocional del momento.
La actriz incluso se emocionó al recordarlo durante la conferencia.
La escena, para ella, contiene la esencia de Penélope: una mujer que ha esperado durante 20 años por una liberación emocional que, cuando finalmente llega, resulta casi imposible de creer.

Todos fueron principiantes frente al IMAX
El aspecto técnico añadió otra capa de dificultad. Hathaway ya había trabajado con cámaras IMAX, pero principalmente en secuencias de acción. Esta vez debía utilizar ese formato para escenas íntimas y profundamente emocionales. Y había algo que la tranquilizaba: nadie tenía experiencia previa exactamente con aquello que estaban intentando hacer.
Ni Nolan, ni Matt Damon, ni ella habían rodado antes una escena íntima de esa naturaleza con IMAX.
“Todos éramos principiantes”, explicó.
Por eso Hathaway fue especialmente cuidadosa con sus movimientos. No siempre sabía exactamente cómo la cámara captaría su rostro o cuánto espacio aparecería alrededor de ella. En determinados momentos decidió contener su actuación para no sobrecargar el encuadre. Su principal guía fue Nolan.
“Simplemente confié en Chris para que guiara mi actuación”, señaló.
Entre las imágenes que más la impresionaron durante el rodaje recuerda una de las primeras tomas de la película: Odiseo caminando por una playa mientras el horizonte y el agua ocupan una parte enorme del encuadre.
Pero fue trabajando junto a Matt Damon cuando experimentó uno de los momentos más especiales. Durante un flashback entre Penélope y Odiseo, Hathaway observó cómo Damon iba abriendo progresivamente su vulnerabilidad en cada toma. Poco a poco, su interpretación se volvía más transparente, hasta quedar completamente expuesto frente a la cámara.
Cuando finalmente vio la película terminada, descubrió que aquello que había presenciado durante el rodaje había llegado intacto a la pantalla. La cámara, sintió, había capturado exactamente lo que ella había visto.
Una historia de miles de años que todavía conmueve
Para Hathaway, el verdadero poder de The Odyssey parece estar precisamente ahí: en la capacidad de una historia antigua de seguir provocando emociones reconocibles.
Penélope pertenece a un mundo separado del nuestro por miles de años. Sus códigos, su religión, su cultura y su manera de entender la vida son radicalmente diferentes. Y, sin embargo, su espera continúa siendo comprensible.
El miedo de perder a alguien. La esperanza de volver a verlo. La duda de si aquello que tanto se ha deseado finalmente está ocurriendo.
En manos de Hathaway, Penélope no es solamente la mujer que espera a Odiseo. Es una mujer que ha tenido que vivir con la espera y que, durante 20 años, ha cargado con la posibilidad de que nunca llegue una respuesta.
Quizás por eso la actriz habla de su participación en la película con tanta emoción. Después de tres décadas de trabajar con Nolan, de enfrentarse a un formato que la obligó a volver a sentirse principiante y de entrar en la mente de un personaje con 3.000 años de historia, encontró algo mucho más sencillo detrás de la épica.
