“Nadie podía convencerlo para hacer algo que él no quería hacer.”
Dave McMillan, Bourdain
La última película de Matt Johnson, Tony, ha vuelto a traer al ruedo nuevas conversaciones y revisiones acerca del querido chef, host y escritor Anthony Bourdain. En esta oportunidad, el largometraje es protagonizado por Dominic Sessa (The Holdovers), quien se pone en la piel del joven chef Tony, de 19 años, mucho antes de convertirse en el ícono que fue.
Antes de su estreno en cines chilenos, recordemos un poco sobre uno de los conectores culturales más conocidos del mundo.
Anthony Bourdain, el personaje
Cuando leemos sobre Anthony Bourdain (1956-2018), podemos imaginarlo con un cigarro en la boca, en la foto de portada de un libro con un cuchillo y delantal blanco, o mientras saborea un Pad Thai, curioseando sobre diversas historias de vida en algún recóndito lugar del mundo; donde precisamente deambulaba utilizando la comida como excusa para conocer la profundidad de la humanidad en sus diferentes manifestaciones culturales a través de su programa de televisión.
Sentado en una vereda en Tailandia o recorriendo nuestro país, tratando de entender cómo comerse un completo sin quedar “bañado” en palta. Hablando sin filtros, con improperios en televisión abierta y haciendo hilarantes analogías que dejaban entrever que el humor era un recurso utilizado como escudo la mayor parte del tiempo cuando se trataba de él.
Un nerd, como algunos de sus amigos lo catalogaban, quien quizás buscaba ser cool o lo era sin saberlo, como creían otros.
Un hombre rodeado de luz y sombra que dejó un legado indiscutible.

El Aperitivo
Amante de los libros, se obligó a leer cuando tenía 4 años, según él mismo informaba en Roadrunner (2021), uno de los tantos documentales de su vida. Pánico y Locura en Las Vegas y The Quiet American son algunos de sus favoritos, pero así también en su vida tuvo espacio la música y el cine, donde, a través de Criterion Collection, eligió obras como Chungking Express, de Wong Kar-wai, o Los Viajes de Sullivan, de Preston Sturges, dentro de su top 10.
“Hubo un tiempo en que Tony lo único que quería hacer era ir al cine, no importaba qué película, cualquier película”, decía Nancy Bourdain en la definitiva biografía oral de su marido.
Su base siempre fueron las artes.
Su padre trabajó en la industria musical durante un tiempo, situación que facilitó el intercambio y accesibilidad tanto hacia la música como a los libros. En palabras del chef, en su primer best seller, “en casa estaban por todos lados y fueron constante fuente de inspiración”. Quizás fue esa misma sensibilidad la que lo condujo a explorar lugares de él y del mundo que no siempre habían sido registrados por el ojo humano. Complejidades inherentes, pero obviadas por algunas sociedades, más aún en una documentación visual alejada del cine como lo hizo en No Reservations, Parts Unknown o A Cook’s Tour.
Anthony Bourdain llegó a la cocina por casualidad —y es en ese tiempo donde se ubica el film—. Eso le dio la rigurosidad que necesitaba como escritor para levantarse todos los días y obligarse a hacerlo como tarea antes de empezar cualquier otra cosa.
Un cigarro y a escribir, lo primero que hacía en la mañana —me recuerdan las mañanas de Didion de desayuno con una Coca-Cola de dieta y almendras saladas como desayuno—.
Por este motivo, en su camino zigzagueante, donde alguien pudo cuestionar cómo llegó hasta ahí, la respuesta es sencilla. Siempre lo hizo, siempre estuvo y cuando se dio la oportunidad de que esto se visibilizara teniendo apoyo, la tomó y nunca más se bajó ante el lema de “tienes que mantenerte público”, tal como lo manifestó en sus múltiples entrevistas.

El Plato de Fondo
Estoy de acuerdo con Helen Rosner, periodista de cocina y amiga de Anthony Bourdain, cuando afirma que “Es más conocido ahora por sus excelentes shows televisivos, también como un chef, pero para mí, siempre será un escritor”.
Coincido.
El chef y host tenía la edad de mi padre, pero lo conocí primeramente por sus libros y luego a través de su programa. Así me fue impactando esa contradicción que veía entre esas afiladas letras y la amabilidad de cara al mundo que él quería conocer, ese vaivén que lo movía en un equilibrio precario entre querer vivir el mundo con cada respiro y, al mismo tiempo, ansiar escapar un poco de él. Sus amigos lo decían: era gentil y gracioso, pero no le gustaban las interacciones sociales, prefería estar en su propio mundo, contrastando esta información con lo opuesto a que siempre fue un visionario.
Fue esa dicotomía la que hizo que el mundo lo viera como alguien tan cercano y no un invento marketinero que buscaba mostrar un costado terrenal que ya muchos conocían.
Al contrario de la lógica, el chef encontró la receta que tiene un carácter profundamente sociológico, observante y participante.
Conocimos a Anthony Bourdain de forma colectiva cuando estaba en sus cuarenta y tantos. De un día para otro, Kitchen Confidential (Confesiones de Cocina), el libro que le dio al chef slash escritor una exposición mundial que lo posicionaría en su carrera hasta el día en que falleció.
Su primer libro que fue un éxito era un relato agudo, disruptivo y con una pluma llena de ironía y sátira de un tema que no todos conocían, pero que nadie dejó de ver. Porque la mayoría de los que comen pescado y leyeron el libro saben que hay un día de la semana que no hay que pedirlo por ningún motivo en los restaurantes.
Así, “foodies” o no, se involucraron en este relato sin filtros que desmenuzó lugares, personas y fórmulas sin escatimar en consecuencias, provocando un cambio que todos los lectores esperábamos: la autenticidad de una nueva voz.
Y así fue.
El hombre que no llegaba a pagar la renta a fin de mes, que aprendió de cocina con latinos y portugueses, que fue drogadicto —sí, con heroína— y que se encontró, gracias a su perseverancia, con la oportunidad de su vida a través de una pluma lúdica e hilarante.
Para finalmente poder mostrarnos su lugar en el mundo, que fue al mismo tiempo todos y ninguno.

El Postre
Con lo que respecta al cine, son diversos los acercamientos hacia la vida del autor. Morgan Neville lo hizo con Roadrunner (a mi parecer, el mejor), pero también hubo acercamientos al acompañamiento de sus programas de televisión y luego un intento de ficción con su inspiración en la serie Sin Reservas, con Bradley Cooper. Es la primera vez, con la película del corriente año, que un director se atreve a indagar —y mezclar con ficción— su parte más desconocida y rebelde en un film.
Laurie Woolever, su biógrafa, dice que “Tony” hubiese odiado la atención que le habría dado la película.
Mi opinión es que hubiese querido tomar control de todo y seguir con el “diles que sí y yo después me encargo de cambiarlo todo”, como confesaba que lo hacía en sus programas de televisión uno de sus editores en Bourdain: The Definitive Oral Biography, quien, una vez más, demostraba que estaba determinado a luchar por su visión de las cosas.
La Sobremesa
Anthony Bourdain es parte de la cultura mundial.
El haber recorrido distintas partes del globo de una manera más etnográfica que turística le permitió no solo tener una apertura mental bastante más amplia que la mayoría y, asimismo, registrar tanto sufrimiento lo convirtió en un hombre que transmitía esa humanidad desde su curiosidad; cargando incluso con esos fantasmas que tampoco lo soltaban y que son tan bien retratados en la nueva película de Matt Johnson.
La misma se focaliza en la etapa inicial de un Tony de 19 años en la cocina de Provincetown, persiguiendo a Nancy —quien después sería Nancy Bourdain y que el chef efectivamente acompañó a Vassar—.
En la película van a ver a un desgarbado Dominic Sessa, desenfrenado, narcisista y básicamente dispuesto a todo para satisfacer sus intereses como un joven Tony Bourdain antes de Anthony.
La película ya la puedes ver en Prime.
«Yo era —para ser franco— un joven malcriado, miserable, narcisista, autodestructivo e insensible, y necesitaba con urgencia una buena pateadura».
—Anthony Bourdain, Kitchen Confidential
