Cincuenta años después del estreno de Rocky, una nueva película reconstruye el camino de Sylvester Stallone para llevar a la pantalla una historia que Hollywood no parecía dispuesto a respaldar. Dirigida por Peter Farrelly y protagonizada por Anthony Ippolito, I Play Rocky explora los límites entre la experiencia personal y la ficción, el costo de sostener una convicción y la importancia de encontrar a quienes estén dispuestos a creer en ella.
Hay películas que terminan convirtiéndose en algo más que sus propias historias. Rocky (1976), dirigida por John G. Avildsen y escrita y protagonizada por Sylvester Stallone, es una de ellas. Su protagonista, un boxeador de Filadelfia que recibe una oportunidad improbable de enfrentarse al campeón mundial, terminó encarnando una de las imágenes más reconocibles de la perseverancia en el cine. Pero antes de convertirse en un fenómeno cultural, Rocky fue un proyecto cuyo destino dependía de que alguien estuviera dispuesto a apostar por su creador.
Ese es el punto de partida de I Play Rocky, la película dirigida por Peter Farrelly que reconstruye el proceso detrás de la realización del clásico. En la conferencia de prensa, el director, los productores y el elenco coincidieron en que el centro del relato no está únicamente en la creación de una película, sino en la decisión de defender una visión personal cuando las condiciones parecen estar en contra.

En una conferencia de prensa donde estuvo presente Spanglish Cinema, Peter Gamble, guionista de I Play Rocky, narró que esa dimensión fue también el punto de conexión más íntimo con Stallone. Después de tres décadas trabajando en la industria, Gamble conocía la experiencia de contribuir a proyectos que llegaban a la pantalla sin que su participación fuera reconocida públicamente.
«La gente veía cosas mías en pantalla y le gustaban cosas en las que yo había contribuido, pero no me veía a mí», explicó. Cuando su representante le mencionó la posibilidad de escribir sobre Stallone, reconoció una afinidad inmediata con esa experiencia.
«Sentí que tenía algo en el corazón, algo que ofrecerle al universo, pero nadie lo veía. Creo que su historia es, en realidad, la historia de todos. Por eso es tan poderosa y por eso todos reaccionamos ante ella».
La identificación personal fue determinante para escribir el guion. En lugar de abordar el proyecto únicamente como una reconstrucción biográfica, Gamble encontró en Stallone una historia sobre el deseo de ser reconocido por aquello que uno siente que puede aportar al mundo.
Anthony Ippolito: interpretar a Stallone sin quedarse en la imitación
Uno de los mayores desafíos de I Play Rocky era encontrar a un actor capaz de interpretar a Stallone durante la etapa previa al éxito de Rocky y, al mismo tiempo, recrear momentos del personaje que lo convirtió en una figura cinematográfica. La elección recayó en Anthony Ippolito, quien llegó al proyecto mediante una audición grabada por su cuenta.
El propio Stallone había solicitado que se buscara a un intérprete relativamente desconocido. Según explicó la productora Michele Weiss, la intención inicial era realizar una búsqueda internacional, hasta que la audición de Ippolito llamó la atención del equipo.
El productor Christian Baha recordó la reacción de Stallone al ver la prueba: «Dijo: “Este tipo es mejor que yo”». Toby Emmerich, otro de los productores, destacó un mensaje que el actor envió después de verla: «Esto no es una imitación. Es una interpretación».
La distinción resulta fundamental para comprender el enfoque de la película. Ippolito no debía limitarse a reproducir una voz, unos gestos o una apariencia física. Tenía que construir a un joven Stallone que todavía no sabía si lograría realizar la película que llevaba dentro.
El actor contó que pudo conversar con Stallone aproximadamente un mes antes de comenzar el rodaje, después de haber investigado extensamente su vida. Aunque se sintió intimidado al principio, encontró en él una disposición generosa para compartir una etapa especialmente difícil de su historia.
«Fue muy desarmante, generoso y abierto, y estuvo dispuesto a compartir ese período de su vida. Antes de que todo esto sucediera, fue una etapa bastante oscura para él, un camino muy solitario», recordó Ippolito. «Aprecié mucho su vulnerabilidad».
La conexión entre ambos también surgió de una experiencia familiar para cualquier actor: comprender lo que significa perseguir oportunidades sin saber cuándo llegará la siguiente. Ippolito había estudiado guion en la Universidad de Columbia poco antes de comenzar el rodaje y reconoció que, a medida que avanzaba el proceso, fue encontrando nuevos puntos de contacto con Stallone.
«Entiendes lo que significa la lucha de un actor. Muchos de nosotros podemos identificarnos con eso», señaló.
Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes del trabajo fue distinguir al hombre del personaje. Ippolito recordó que Stallone había explicado en su libro The Steps cómo utilizar su propia ropa durante el rodaje de Rocky contribuía a desdibujar los límites entre su identidad y la del boxeador.
«Gran parte de Rocky, y de los paralelismos que existen entre esa película y esta, se debe a que es parcialmente autobiográfica», afirmó Ippolito. Pero también insistió en que existen diferencias: Stallone es un escritor extraordinario, mientras que Rocky es, ante todo, un boxeador.
La interpretación, entonces, se construye precisamente en ese espacio de encuentro y separación: el actor que representa a un hombre que, a su vez, está creando un personaje inspirado en su propia vida.

Una película independiente sobre la libertad de no renunciar
El camino de I Play Rocky también estuvo marcado por dificultades de financiación. Toby Emmerich explicó que el proyecto intentó desarrollarse inicialmente dentro del sistema tradicional de estudios, pero no encontró uno dispuesto a respaldarlo. El equipo viajó entonces a Cannes para vender los derechos internacionales y reunir parte del presupuesto necesario. Finalmente, Amazon MGM se incorporó para el mercado estadounidense.
La producción, según detalló Farrelly, dispuso de un presupuesto aproximado de 30 millones de dólares, de los cuales 10 millones correspondían a los derechos. El rodaje se completó en 34 días, una escala que exigió una planificación rigurosa para recrear la década de 1970 y momentos visuales reconocibles de la película original.
La propia historia de Stallone imponía un desafío narrativo. El guion debía mostrar las dificultades económicas y personales que precedieron al éxito sin convertirlas en una sucesión de desgracias ni borrar la complejidad del protagonista.
Gamble encontró una imagen particularmente reveladora durante su investigación: Stallone viviendo en un espacio minúsculo bajo una escalera y grabando poesía para trabajar en su dificultad para hablar. La imagen le permitió comprender cómo podía convivir una aspiración artística con condiciones materiales extremas.
«Lo que desbloqueó la película para mí fue tomar ese momento en el que grababa poesía y situarlo en un lugar de absoluta desesperación», explicó. «Era la poesía dentro de su alma intentando encontrar una salida, rodeada de oscuridad».
Farrelly, por su parte, identificó el núcleo moral del relato en la decisión de Stallone de no vender su guion a cambio de una suma considerable, pese a encontrarse en una situación económica desesperada.
«El mensaje es escuchar lo que llevas dentro y no traicionarte», afirmó. «Este hombre recibió una oferta de 365.000 dólares, el equivalente a unos 2,2 millones de dólares actuales, y estaba sin hogar. Tenía una esposa embarazada y había vendido a su perro. Pero no aceptó el dinero».
Para el director, esa decisión explica por qué la historia sigue teniendo fuerza. No se trata de defender la perseverancia como una fórmula infalible para alcanzar el éxito, sino de preguntarse qué ocurre cuando alguien renuncia a una parte esencial de sí mismo para conseguirlo.
