Finalmente llegó a Apple TV una de las series más esperadas del año, un ambicioso proyecto de Seth Rogen y Evan Goldberg que desembarcó con un elenco de lujo. La propuesta nos sumerge en las entrañas de Hollywood para correr el velo de los mecanismos de su maquinaria, pero lo hace con la ironía filosa y el humor desfachatado que caracteriza a Rogen.
La serie debutó con dos episodios y estrenará uno nuevo cada miércoles, a lo largo de una temporada de diez capítulos. Además, cuenta con la participación de estrellas invitadas en cada episodio.
Hacía tiempo que no sentía esa adrenalina en vivo, ese ritmo frenético al compás del jazz, como en Sweet Smell of Success, donde Tony Curtis y Burt Lancaster chocaban como titanes en una guerra de primicias, corriendo como si sus vidas fueran solo eso. The Studio rescata ese pulso: en los dos episodios que pudimos ver, la serie nos arrastra sin respiro, con un pin pon de diálogos y una energía que se siente como un tren a toda velocidad.
Acá nadie está salvando vidas—al menos, no en el sentido clásico de la tele de alto voltaje—pero hay algo de ese frenesí que The Bear trajo a la cocina, pero ahora trasladado al set de filmación. Porque en Hollywood, una toma puede cambiar el rumbo de la historia del cine. O al menos, así lo cree Matt Remick, el productor que interpreta Seth Rogen, y es él en su salsa. Sí, están sus muletillas, su voz inconfundible, su energía de tipo al borde del colapso, pero lo hace con tanto encanto que es imposible no seguirlo en esta montaña rusa de caos creativo.
El primer episodio, The Promotion, nos mete de lleno en el barro de Hollywood, ese lugar donde los sueños nacen, mueren o terminan siendo un muñeco de Funko Pop. Continental es el nombre del estudio, pero podría ser cualquiera. Matt Remick (Seth Rogen) está en una encrucijada: o lo echan o lo ascienden. La decisión la toma el CEO del estudio, interpretado por un Bryan Cranston que desde el minuto uno deja claro que lo único que le interesa es la plata, no films, sino películas que vendan entradas. Patty (Catherine O’Hara, una diosa) acaba de ser despedida, y en su lugar finalmente entra Matt.
Ahí es cuando él suelta una frase que podría haber dicho cualquiera de nosotros con fiebre cinéfila desde la cuna: «El cine es mi vida. Desde que vine a este estudio de niño hice un recorrido. Ser el jefe de Continental es el único trabajo que siempre quise.» Y así se instala el conflicto eterno de la industria: el cine como arte versus el cine como máquina de hacer plata. Como bien dice la serie en un momento: Hollywood es el templo del cine, pero también la tumba de muchas películas. Y si no, que se lo pregunten a Martin Scorsese.
Porque sí, desde el primer episodio de The Studio vemos a Marty tratando de vender su nueva película a Matt, que ahora es el jefe. La escena es una cátedra. Scorsese se ríe de sí mismo y a la vez deja en claro lo triste que es tener que vender un proyecto en esta jungla. Presupuesto, visión, qué estrellas pueden bancarlo… La negociación es cine en su forma más cruda. Pero Matt no tiene tiempo para los autores. Porque Hollywood ya no gira en torno a los cineastas, sino a las IPs, secuelas, marcas, etc. Barbie. Mario Bros. La serie no deja nada afuera y lo escupe todo con una lucidez brutal. La escena con el departamento de marketing liderada por Katheryn Hahn también es una gran vidriera del Hollywood de hoy, y es una de las escenas más cómicas del episodio.
Lo que sí entendemos es que Hollywood es una paradoja constante. Y nada lo ilustra mejor que esa escena en la que vemos un Los Ángeles irreal, con arco iris de fondo, como si realmente fuera la tierra de los sueños. Pero ahí, en ese instante Matt se sincera con Patty con que ama el cine, pero ahora le da terror arruinarlo. O matarlo. Como acaba de hacer con el sueño de Scorsese, quien, sin perder un segundo, le contesta: “Debería haber ido directo a Apple.” El guión de The Studio es una puñalada. Rápida, filosa y certera.
Pero The Studio no solo es una sátira moderna sobre la industria, también es una confesión sobre cómo hacer cine. Y si algo deja claro su segundo episodio, The Oner, es que Seth Rogen y Evan Goldberg entienden el lenguaje del cine y saben hablarlo con fluidez. El episodio gira en torno a un día de rodaje especial en donde todo se filmará en una sola toma, un plano secuencia, algo que se viene hablando en estos días. Y la directora a cargo es Sarah Polley, que por cierto sorprende con su actuación, porque como dice Matt con mucho orgullo “Solo apoyo a cineastas mujeres.» Otro gran reflejo de cómo se mueve Hollywood hoy.
Este capítulo es un festín técnico y un gran homenaje a la screwball comedy. No solo porque se menciona el término bookend, sino que lo vemos ejecutado en el mismo episodio con una precisión quirúrgica desde ese principio a ese final, en juego de referencias al poder de la iluminación, la vestimenta, el sonido, no se deja nada de lado. La mirada minuciosa de los creadores consigue poner lupa en el concepto de que rodar cine es una odisea. Un par de minutos de metraje pueden costar años de vida, y The Studio nos hace sentir esa adrenalina. Además, las referencias que destila el personaje de Rogen acá son pura cinefilia desde Touch of Evil, Boogie Nights, como para nombrar algunas.
Al final del episodio, volvemos a Matt manejando por Los Ángeles, esa ciudad hecha de sueños y pesadillas. ¿Hacer cine como arte o como negocio? Esa es su encrucijada.
En estos dos episodios, The Studio ya demostró ser una radiografía perspicaz de cómo las películas cobran vida. No es solo sátira, es proeza, es inteligencia, pero sobre todo cada disección de la industria se siente real.
Como decía Jonathan Shields en Cautivos del mal (1952), el productor sin escrúpulos al que dio vida Kirk Douglas: «Se ha ganado muchísimo dinero gracias a las personas que están dispuestas a creer cualquier cosa.» Y The Studio lo sabe. Sabe que seguimos entrando a la sala oscura, dispuestos a creer lo que sea. Pero esta vez toca cuando se apagan las cámaras.
