Sound of Falling: Hay otros mundos, pero se esconden en este

Al contrario de lo que suele creerse, no es difícil establecer el tono de una película, sino que aquello que realmente entraña una gran complejidad y requiere de años de práctica, de escucha y de madurez, es anudar el tono que se plantea al comienzo con la propuesta temática y los puntos de vista. 

Este problema es, en efecto, el mayor lastre de “Sound of Falling”, segundo largometraje de la cineasta alemana Mascha Schilinski. Y ojo, que por problema no queremos decir defecto, sino índice de virtudes futuras por descubrir y destilar. “Sound of Falling”, antes que una trama de tiempos cruzados sobre cuatro niñas que pasan su infancia y preadolescencia en una granja en el norte del país es una obra de aprendizaje y de crecimiento, y en la que de momento parece que los árboles no dejan ver el bosque. Todo a su tiempo.

Lo que se evidencia de entrada es que Schilinski es una cineasta cinéfila con todas las de la ley. Este necesario hecho colisiona violentamente con el acto de creación en el cine, ya que el peso de los referentes y de la Historia del medio puede ser abrumador. Esta es la semilla de la discusión acerca de cómo puede hallarse una voz propia en el cine, arte en el que la industria, los intereses comerciales, la sensibilidad y la técnica se entretejen como una gran tela de araña, y para el que, por suerte, no hay recetas de cocina que valgan.

Un filme, de algún modo, es mucho más que la suma de sus partes. Por el contrario, “Sound of Falling”, análogamente a otras esforzadas películas como la reciente “Godland”, de Hlynur Pálmason, director también presente este Cannes, le reservan una sección a cada gran nombre. Siguiendo la narración libre y el relevo de las voces de “Sound of Falling”, es imposible no pensar en el suicidio terrible de Mouchette, en el filme de Robert Bresson, en el barroco naturalista de “El Espejo” de Andréi Tarkovski, en los decorados asépticos del cine de Carl Theodor Dreyer, en los movimientos sinuosos y terrenales de la cámara de Béla Tarr, en la pulsión voyeur y violenta del cine de Michael Haneke o en el ambiente decadente y frío que empapa la filmografía de Theo Angelopoulos. Incluso, los ecos de “La Bruja”, de Robert Eggers, resuenan en esta propuesta estética.

Bien es cierto que la propuesta de la cineasta es ambiciosa, y desarrolla un discurso interesante sobre la fotografía en su utilización familiar desde finales del siglo XIX. Como disertaba el teórico Roland Barthes, la fotografía no es necesariamente una forma de arte, sino la marca testimonial de un habitar, del haber estado allí de alguien. En los tiempos de la era digital y de la confusión suscitada por la posverdad, resulta pertinente actualizar esta cuestión, sobre todo por la idea de lo fantasmagórico y de lo ausente como complementos indisociables de lo real perceptible.

Más allá de eso, “Sound of Falling” es una película háptica, tenebrosa, por momentos inspirada y cuenta con momentos visualmente impactantes, y que agradecidamente no se hunden en el efectismo. En una escena, se plantea la pregunta de “durante cuánto tiempo podemos actuar de forma feliz sin que los demás se percaten”, hipótesis que entronca con densos interrogantes sobre los vínculos ancestrales en las transmisiones familiares o en los espacios compartidos, y que en “Sound of Falling” se quedan en mero apunte.

Por otro lado, allí donde Schilinski empieza a despuntar es en su aceptación de que el cine es una disciplina esencialmente metonímica, en tanto que son los pequeños objetos o gestos, como en este caso las moscas o los miembros amputados, los que apelan a una noción de totalidad que va creciendo en la cabeza del espectador a medida que avanza la película. A este respecto, la cineasta no tarda en asumir, a la manera heideggeriana, que la sombra acechante de la muerte, en demasiadas ocasiones, es la conclusión detectable de una progresiva decadencia interior de las personas.

El coraje es y será la mejor baza con la que contará Mascha Schilinski para acometer futuros proyectos. 

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