Muchos críticos y teóricos del cine han reparado que con el advenimiento del cine digital aparecerían cineastas con la suficiente capacidad de hacer realidad lo que escribió Giorgio Agamben: “el contemporáneo es aquel que transporta lo arcaico”. El digital, como en su momento el sonoro o después la televisión, iba a cambiar las reglas de la imagen en el cine, un medio de expresión sobre el que es demasiado arduo delimitar su especificidad.
Cineastas como el recientemente fallecido David Lynch, o como Kiyoshi Kurosawa, advirtieron que la hibridación entre cine, Internet y virtualidad iba a llevar a una nueva relación del individuo con el vacío, en el sentido de que su imaginación se iba a ver sacudida por las complejas formas de interacción del siglo XXI.
Por otro lado, autores como Albert Serra, Apichatpong Weerasethakul o Rita Azevedo prefieren la ausencia del cuerpo a sus presencias forzadas e inmediatas, y piensan la imagen desde la autarquía de los planos, desde sus restos, como si sus obras brotaran de un pasado que nunca existió. En este caldo de cultivo despunta el filipino Lav Diaz, uno de los cronistas más virtuosos de la historia de su país y conocido por filmes como “Norte, the End of History”, “From what is Before” o por el musical más radical y extraño de los últimos tiempos, “Season of the Devil”. O deberíamos decir antimusical. En todas las citadas está impresa la huella de un autor con una fuerte conciencia social, fotográfica y paisajística, pero también la de un conocedor absoluto de la evolución de los géneros cinematográficos, desde el mismo musical hasta el noir. Porque para deconstruir las reglas hay que conocerlas desde las entrañas, y en ese sentido, Diaz es uno de los cineastas más serios en activo.

Ante todo, el proyecto de “Magallanes” es un punto de encuentro entre diferentes tradiciones, y una clara evidencia de que el cine es una suma de esfuerzos compartidos. Por un lado, confluye la extraordinaria habilidad de Diaz para concentrar el movimiento de los cuerpos dentro del encuadre. Por el otro, Serra, coproductor de la película, aporta su tan singular pictorialismo decadente. Y finalmente, en la atmósfera del filme, sobre todo en las escenas ambientadas en Lisboa, está presente el espíritu que mancomuna a la generación actual de autores portugueses, como Azevedo, Miguel Gomes o João Pedro Rodrigues, todos ellos concernidos por el peso invisible del pasado, la fuerza de la palabra o la poesía del mar.
Y es que estamos hablando de una obra biográfica, centrada en la figura histórica de Fernando de Magallanes, ya de por sí rodeada de un aura de misterio, en tanto que Diaz, conocido por nunca preocuparse por la larga duración de sus piezas, tiene en su haber una versión extendida que roza las nueve horas. Esto no es nuevo, si recordamos que el que se considera el Santo Grial del cine, las nueve horas que originalmente duraba “Avaricia”, de Erich von Stroheim, siguen enterradas bajo los sedimentos del tiempo.
“Magallanes”, en efecto, le debe mucho al mudo y a los orígenes. Es difícil no emocionarse con las escenas del protagonista antes de partir, en compañía de su mujer. La actuación de Gael García Bernal, absolutamente entregado a la causa, prefiere la contención del llanto a su explosión, la sutileza al histrionismo. Algunos instantes de interacción entre Bernal y la actriz Ángela Ramos, abordados desde la pasión artesana por el oficio, remiten de forma directa al desenlace fantasmagórico y sublime de “Cuentos de la Luna Pálida”, de Kenji Mizoguchi, y a su vez, al cine y a las sombras de Friedrich W. Murnau.
Es frecuente, en “Magallanes”, ver a las tribus indígenas clamar al cielo y al sol en busca de la buena fortuna, y a través de sus rituales Diaz, observador paciente, convierte la cámara en un instrumento de investigación etnográfico, y traslada al espectador a un tiempo que parece totalmente otro. De algún modo, la superlativa “Magallanes” versa sobre las pasiones de la credulidad, los mitos del progreso y las fantasías de la conquista. Siempre en Diaz, y en Albert Serra, todo está poseído por un afán desmitificador, demasiado humano, y la pregunta por la travesía o la aventura contrasta fuertemente con las imágenes de los cadáveres, a los que la Historia apenas nunca esculpe en piedra. “Magallanes” no narra ni una victoria ni una derrota, y uno de sus grandes méritos es su resistencia ante la épica que siempre envuelve los hechos pretéritos.
En resumidas cuentas, el filme de Lav Diaz, desde ya una obra maestra por su capacidad trascendente y de conectar con las preocupaciones contemporáneas relacionadas con el imperialismo cultural, traza un recorrido perfecto, sólo de ida, en una época, en la que, cuando Montaigne publicaba sus ensayos, el mundo todavía nos quedaba muy grande.
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