“Blue Moon”: una noche, un bar y el corazón roto de un artista

En su nueva película, Richard Linklater convierte la madrugada neoyorquina de Lorenz Hart en un refugio donde conviven la melancolía, la chispa creativa y el derrumbe íntimo. Un Ethan Hawke deslumbrante encarna al mítico letrista en la que ya se perfila como una de las actuaciones más comentadas de la temporada.

Si pienso en Casablanca, se me viene de inmediato ese espíritu que condensaba tan bien, en donde vemos un mundo desmoronándose por la guerra y, junto a él, la fragilidad del impulso de creer que todavía vale la pena amar, cantar y, por qué no, vivir. Y si hay un lugar que encarna ese espíritu es el bar de Rick. Bogart lo convertía en un refugio de esperanzas mínimas y confesiones a media luz, ese sitio donde la humanidad herida encontraba un último resguardo.

En esa tradición se inscribe Blue Moon, la nueva película de Richard Linklater. No solo porque el personaje al que seguimos durante una hora y media, el conocido letrista estadounidense Lorenz Hart (encarnado por un prodigioso Ethan Hawke) entra a un bar y juega a repetir líneas de Casablanca con el barman, encarnado con calidez por Bobby Cannavale. Sino que también Linklater hace de ese bar nocturno, en algún momento de los años cuarenta, un santuario para quienes sienten que el mundo exterior se deshace… y que el propio mundo interno tampoco les da tregua.

Esa noche, mientras afuera estalla el estreno de Oklahoma!, Hart se repliega en ese bar para atravesar algo que es, al mismo tiempo, duelo creativo y revisión existencial. Porque ese estreno no es un simple ruido de fondo: es un punto de inflexión en la vida de Richard Rodgers, encarnado con elegancia por Andrew Scott, el compositor con quien Hart había compartido años de amistad y creación. Esa misma noche, Rodgers empieza su nuevo camino junto a Oscar Hammerstein II, la sociedad que definirá el futuro del musical norteamericano y que, inevitablemente, deja a Hart a un costado.

Es ahí donde la película respira el rumor del tiempo que cambia, la evidencia de que un vínculo artístico se está desvaneciendo y la pregunta punzante que persigue a todo creador: ¿qué queda de uno cuando su época parece avanzar hacia otro lugar?

Linklater vuelve a desplegar aquello que domina como pocos, desde la capacidad de componer la realidad para que el cine la vuelva magia. Todo parece fluir con naturalidad, pero detrás hay una arquitectura precisa, heredera del largo desarrollo del guión al que Robert Kaplow concibió y lo describió como “un poema en clave de un grito en la noche”. A esa base se suma la inspiración en las cartas que se intercambiaron Elizabeth Weiland, a quien acá da vida una sutil Margaret Qualley, y Hart. Linklater vuelve a demostrar que para él cualquier detalle, cualquier fuente puede ser materia viva para construir una película y aproximarnos, con delicadeza, al corazón de un personaje.

Y en el centro está Hawke que hace un trabajo que es hipnótico, desde que abre la boca, desde la manera en que se mueve, en que entona, en que deja deslizar la corriente de pensamientos de Hart, uno ya no ve al actor. Ve a un poeta melancólico de los cuarenta, un artista hecho de anécdotas, nostalgias, deseos consumidos, de fantasías que no se tocan, de identidades que se quiebran y se rehacen, y, sobre todo, hay preguntas al fiel estilo de ¿para qué sirve el arte sino ofende?

Hay algo profundamente conmovedor al escucharlo,porque la película confía plenamente en el poder de la palabra y en el magnetismo de un actor que entiende que, a veces, la emoción más pura se revela en la voz, en la forma de mirar un vaso de whisky o en cómo se interrumpe una idea que amenaza con volverse herida. Esas son las miradas que, como espectadores, solemos buscar en los artistas: la capacidad de encontrar belleza incluso en aquello que se desmorona.

Es así como no sorprende que Ethan Hawke haya emergido como uno de los nombres más fuertes de la temporada, un candidato que se impone no por el volumen de la actuación sino por su hondura. Su presentación en el New York Film Festival en el Lincoln Center confirmó esa lectura: allí habló de Hart con una lucidez que atraviesa la película, reflexionó sobre la fragilidad del ego creativo, la dificultad de saberse desplazado por el tiempo y el gesto íntimo de interpretar a alguien que vivió toda su vida entre la genialidad y la inseguridad.

Muchas de esas ideas resuenan en el film, como la sensación de llegar a una fiesta a la que ya no se está invitado, la conciencia de que la historia avanza mientras uno queda detenido en la noche. Y Linklater, con su sensibilidad habitual, transforma ese estado en un territorio cinematográfico inconfundible. Hay un bar tibio, una ciudad sumida en sombras y un hombre que, a vísperas del amanecer, todavía se pregunta sobre el arte y la fantasía.

En definitiva, Blue Moon es un retrato íntimo y bellísimo de un artista. Es ver a Linklater, Kaplow y Hawke trazar, con mano firme y corazón abierto, esa “intimidad justa” de la que habla el propio Hart en la película. Y es también un espacio donde la actuación, la palabra y el tiempo real convergen para recordarnos que, incluso cuando el mundo parece venirse abajo, siempre queda algún rincón desde el cual mirar lo que somos aunque sea con un poco de luz.

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