Cuentan las lenguas antiguas que los padres del desierto eran guías espirituales con la potestad de encarnar y orientar los designios de grandes comunidades. Entre “El salario del miedo”, “El diablo sobre ruedas” y el último Antonioni, la obra más reciente del director de “Lo que Arde” versa también, a su modo, sobre la idea de comunidad. Su enfoque, en primer lugar, nos recuerda lo fértil que es el terreno de tránsito entre el género wéstern y su derivada, la road movie.
Para Oliver Laxe y para su habitual colaborador, el guionista y también cineasta Santiago Fillol, el borrado de la trama es también un borrado de la identidad. El desierto es el marco general que acoge una rave a la que llegan un padre con su hijo, en busca de su hija. No hay explicaciones sobre su procedencia, el espectador tampoco las requiere. Pronto la fiesta también se ve interrumpida por las autoridades, como consecuencia de una coyuntura política sobre la que no se detalla apenas nada. Laxe prefiere prestar atención a lo micro, a los gestos concretos y a las esculturas de los cuerpos. Y si John Wayne, en “Centauros del Desierto”, regresaba al hogar con la niña raptada en brazos, en este filme no se puede dar esta sutura. Por suerte o por desgracia, estamos más cerca del hueco que dejó la extraña desaparición de Ana en “La aventura”, de Antonioni.
En su tesis doctoral sobre el fuera de campo, el mismo Fillol estudia el cine contemporáneo como una arquitectura de fragmentos reelaborados a partir de los vacíos de sentido del cine clásico. A partir de un cineasta capital como David Lynch, que también proyecta su sombra sobre el viaje a ninguna parte de Sirât, el autor y guionista relee las imágenes del director Jacques Tourneur para destilar una mirada sobre el cine a partir de todas aquellas escenas que, vistas en retrospectiva, quebraron todo sentido respecto a sus contextos. En esa dirección, Tourneur, Lynch y también Laxe cultivan una poética a contracorriente de los códigos expresivos instaurados, y en todas estas figuras la imprevisibilidad y la incertidumbre son las mechas que prenden la trama. ¿Qué hay en la frontera entre el cine de otro tiempo y el actual? Sirât ofrece una respuesta práctica, intuitiva y digámoslo ya, formidable.
La idea de comunidad, en Sirât, se asocia al renacer y al reconocimiento de que no somos mucho más que los discursos heredados que nos han impuesto, comenzando por el nombre que nos asignaron antes de que tuviésemos conciencia. Hay un hálito de la tradición mística islámica en esta película, un afán de desasimiento de todo atributo a los ojos del Dios Sol, atento y enjuiciador. El lector puede hacerse a la idea de que esto no es una aventura, sino más bien la imposibilidad de una aventura. En Sirât hay un aliento trágico y hamletiano, en el sentido de que la ley del ojo por ojo, en la vida, se anula incontables veces ante la multiplicidad de la contingencia. El héroe, un rotundo Sergi López, está condenado a vagar por el desierto, entregado al tránsito perpetuo y a una inacción que nos traslada inmediatamente a películas como “Gerry”, de Gus Van Sant. En el desierto no hay salida, pero sí muchos espacios liminares en los que reclamar un sosiego espiritual, arrastrados por el polvo y el viento.
La fiesta, por otro lado, es un motivo argumental y visual pregnante en buena parte del cine de autor europeo, en concreto el baile como símbolo de la primacía del cuerpo sobre la mente, o de lo físico sobre lo mental. La cineasta Claire Denis, como también Laxe y Fillol, saben que en gran medida, los enigmas de nuestra época atraviesan el cuerpo desde diversas perspectivas, y que el hecho de estar integrado en una sociedad no significa que la sociedad sea necesariamente íntegra. Sirât es, pues, una de las reliquias de la presente edición del Festival de Cannes.
“Sirât”: narraciones sin sutura y espectros del vértigo
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