¿Por qué Project Hail Mary es el sueño espacial que necesitábamos?

Phil Lord y Christopher Miller transforman la aclamada novela de Andy Weir en una odisea cinematográfica que late entre la ciencia técnica y la melancolía más pura. Con un Ryan Gosling inmenso y la fotografía táctil de Greig Fraser, la película nos recuerda que, incluso en los confines del sistema solar, lo que realmente nos salva es la curiosidad, el otro y esa luz que nunca deja de brillar.

El director inglés David Lean hablaba de la magia del cine y decía algo así como: “Las películas son como un sueño, ¿no? Y opino que deberían tener un aura de irrealidad. Y eso es lo que intento hacer”. Yo creo que se refería a ese estado de trance donde el cine nos permite acariciar los límites de la fantasía; ni hablar si el escenario es el vacío del espacio, y mucho más si la ejecución es perfecta, como sucede en lo nuevo de Phil Lord y Christopher Miller (The Lego Movie, Spider-Verse).

Escena de la película Project Hail Mary- Ryan Gosling

Se trata de «Project Hail Mary», una adaptación de la gran novela homónima de Andy Weir que, si bien desborda información científica, logra transmitir ese poder de la ciencia de atravesarnos por completo para entender que somos parte de algo inmenso. Los directores captan el espíritu del libro utilizando todo el arsenal del lenguaje cinematográfico: sets prácticos, una fotografía y un diseño sonoro envolvente y una narrativa melancólica que no descuida el alma del material original.

Pero lo que le da esa profundidad necesaria a la historia es la actuación inmensa de Ryan Gosling. Su Rayland Grace empieza como un enigma, como un hombre que no sabe quién es y la película se convierteen una odisea íntima. Por que se trata de la búsqueda de la identidad, del compromiso de salvar al mundo y del amor puro por el conocimiento. Gosling captura el carisma de ese profesor de escuela y le aporta una sensibilidad única. Lo vemos en el aula, todo apasionado, antes de que el peso del mundo y un séquito de científicos caiga sobre sus hombros por una teoría sobre la vida que nadie quiso escuchar.

Ahí aparece Sandra Hüller como Eva Stratt, una científica de hierro que lo recluta para estudiar a los Astrofagos, una especie que está devorando nuestro Sol y pone al planeta en cuenta regresiva. Pero el corazón de la película late en medio del vacío: el encuentro de Grace con una especie alienígena que está ahí por la misma razón que él. La relación que se engendra entre él y Rocky es de una ternura fascinante, un mérito que nace de la pluma de Weir pero que el cine la eleva.

La verdadera hazaña de la película es técnica y visual. La mirada de Greig Fraser (Dune, The Batman), el director de fotografía australiano nos regala planos magistrales de Gosling en una nave construida con efectos prácticos, sin pantallas verdes que rompan el hechizo. El contraste de texturas entre el presente metálico y la cálidez del pasado es magistral. Y qué decir de Rocky, interpretado por el titiritero James Ortiz, la «roca arácnida» cobra una hondura emocional que te conquista.

No quiero dejar de mencionar, otra vez, a Gosling. Hay momentos donde el diseño sonoro se retira y solo queda el silencio absoluto del espacio, y ahí sus ojos y sus lágrimas lo dicen todo. Es esa magia de la que hablaba Lean: cuando todo el talento se pone al servicio de la historia y la emoción, el cine se hace realidad y esa luz brilla para siempre.

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