En Córdoba, la visita de Lucrecia Martel se sintió menos como una parada dentro de una gira y más como un gesto de continuidad con su propio cine: abrir un espacio y sostener una conversación, pero sobre todo habitar la escucha.
Nuestra Tierra, que tuvo su estreno mundial en el Festival de Venecia (Fuera de Competencia), llegó a salas con ese mismo pulso. Una película qu trabaja desde la escucha y es en esa decisión, tanto formal como política que aparece su fuerza.
El punto de partida es el juicio oral y público por el asesinato de Javier Chocobar, integrante de la comunidad Chuschagasta en Tucumán, ocurrido en 2009 en medio de un conflicto territorial. El crimen, perpetrado durante un intento de desalojo por Darío Amín junto a dos ex policías, quedó registrado en video. Ese material, lejos de funcionar como prueba concluyente, abre una pregunta.
Porque Martel no se queda en la reconstrucción del caso y desarma la lógica del documental judicial para indagar en algo más profundo: de dónde viene esa violencia.

A través de las voces de la comunidad, de fotografías, de archivos que no buscan ordenar sino tensionar, la película traza una línea que excede el presente. Lo que aparece es una historia larga de despojo territorial que se remonta al período colonial y que, de distintas formas, sigue activa. En ese recorrido, Nuestra Tierra no solo revisa un crimen: pone en cuestión las estructuras que lo hicieron posible, incluso la idea misma de “documento” como garante de verdad en la historia argentina.
Ahí es donde la película cala hondo, no tanto por lo que afirma, sino por cómo decide mirar y porque cada plano parece sostener esa pregunta. En tiempos donde la representación muchas veces se vuelve apropiación, Martel propone otra cosa, el gesto humilde de correrse lo suficiente para que otros entren en el campo. Y en ese gesto el cine recupera una potencia que no necesita subrayarse.
Después de la proyección, la conversación con el público prolongó la experiencia. Martel volvió sobre una idea que atraviesa toda la noche: las películas no terminan cuando se encienden las luces. Sin intercambio, sin palabra compartida, quedan incompletas.
La sala respondió desde ese lugar. Hubo preguntas e intervenciones, pero sobretodo hubo halagos de ese comienzo tan potente como inolvidable.
El paso de Martel por Córdoba deja una forma de pensar el cine, como espacio en movimiento y como algo que no se clausura.
Nuestra Tierra es un documental que incomoda pero que, sobre todo, nos deja pensando y hablando de ello.
