La nueva película del noruego Kristoffer Borgli es un mapa de ideas incómodas sobre los vínculos y nuestra esquizofrenia social.
En su debut, Sick of Myself, Borgli lograba diseccionar el narcisismo extremo y esa sed de protagonismo mediante una comedia corporal perturbadora. Ahí ya había una autenticidad latente que terminó de explotar en Dream Scenario, donde la sátira se elevaba de la mano de un Nicolas Cage monumental. Borgli parece obsesionado con nuestro presente viral, con la fama como síntoma y, sobre todo, con cómo ese ruido exterior carcome la intimidad. Es un director con una caligrafía propia, apoyada en un montaje que funciona como una traducción directa del pensamiento; una edición que no solo corta escenas, sino que hackea nuestras expectativas.
Ahora con The Drama, producida por Ari Aster bajo el sello de A24 ( una alianza que ya de por sí es una declaración de principios), Borgli vuelve a apoyarse en dos actores sublimes que le dan densidad a su tesis. Junto al editor Joshua Raymond Lee, el director se adentra en las carreteras secundarias de los prejuicios, la cultura de la cancelación y el romanticismo.
La película arranca con el encanto de una rom-com clásica, un meet cute de manual que Borgli se toma el tiempo de saborear para luego, con una elegancia cruel, subvertir cada código del género. Lo que era liviano se vuelve espeso; y con mucha incomodidad. The Drama es una hazaña del cine de hoy por que es cine adulto y consigue una obra que sostiene el ritmo y el rigor intelectual sin caer en la moraleja fácil, recordándonos que el gran cine no necesita juzgar a sus personajes, sino simplemente dejarlos ser en toda su contradicción.

Zona de Spoilers: La cancelación puertas adentro
Hablemos sin tapujos de algo que en las citas actuales parece una utopía: la vulnerabilidad. Si después de la pandemia ya era difícil mostrarnos humanos, la cultura de la cancelación terminó de levantar muros en la intimidad. Pareciera que hoy no podemos sostener un pasado; no porque escondamos crímenes atroces, sino porque el mundo nos exige una pureza de blanco o negro, ignorando que la vida, y por ende, el amor, se escribe en una escala de grises infinita.
Borgli nos encierra en la psicología de una pareja que se ama hasta que el pasado irrumpe en una mesa servida. Durante una cata de vinos previa al casamiento, surge el juego de los secretos «cancelables». Pero cuando llega el turno de Emma (Zendaya), la confesión es un abismo: de adolescente, fantaseó con un tiroteo escolar.
Acá es donde la película se vuelve magistral. Lejos de moralizar el pensamiento de Emma, Borgli pone la lupa en el dedo acusador de quienes la rodean. A través de este extremo, la película expone la fragilidad de los lazos modernos y esa tendencia a la idealización que se desmorona ante la primera grieta.
Para el cierre, es fascinante cómo Borgli utiliza la comedia para satirizar las corazas que nos ponemos. En un mundo que bastardea el romanticismo por miedo a parecer vulnerable o ingenuo, estos personajes intentan quererse a pesar de todo el «drama». Al final, la sátira no anula la ternura sino que la resalta. Porque amarse hoy, con todos nuestras luces y sombras y sin el filtro de la perfección, es quizás el acto más subversivo y romántico que nos queda.
Por supuesto sin lastimar a nadie.
