El estreno en salas chilenas de Cuerpo celeste, la segunda película de la directora Nayra Ilich (Metro cuadrado, 2010), llega como un recordatorio en tiempos desmemoriados de un momento histórico, como marco de un proceso personal de “hacerse grande”: la transición democrática en los noventa, se vincula inevitablemente con la transición personal de la adolescente Celeste (la debutante Helen Mrugalski, de 14 años cuando se filmó la película).
En este coming of age situado en Caldera en el desierto de Atacama en 1990, la acomodada Celeste vive sus primeros amores veraniegos con un pescador de la zona, se enfrenta a una dolorosa pérdida y va descubriendo “cosas de grandes” que investigan sus padres arqueólogos (Daniela Ramírez y Néstor Cantillana), como las búsquedas de cuerpos de detenidos desaparecidos del caso Pisagua.
Entre la pulsión vital de la adolescencia y las tensiones propias de esa etapa de la vida entre madre e hija, el personaje de la tía de Celeste (Mariana Loyola) representa un espacio de contención y cariño para enfrentar eventos familiares inesperados, que marcarán la transición emocional y afectiva de lo que significa crecer.
Los objetos arqueológicos de miles de años que se conservan por la salinidad del desierto más árido del mundo, actúan como un referente de la historia larga de la humanidad y como un mecanismo de memoria física y política, que sigue bajo la arena, a pesar del olvido humano. Es la trascendencia encarnada en los fósiles milenarios como arqueología de la memoria, que además mira al cielo (a los cuerpos celestes) en un evento astronómico inolvidable.

Premiada en los festivales Tribeca, Guadalajara y de La Habana, además de un importante recorrido por festivales internacionales, “Cuerpo celeste” traslada a los espectadores que vivieron los noventas a ese tiempo de expectativas y temores; y a los jóvenes que no, les muestra parte de una historia insuficientemente revisada por las nuevas generaciones.
La segunda película de Ilic, para la que investigó siete años, logra una adecuada recreación cultural de la época con el uso de palabras como «grupienta», «flaca» y «dark» (algo reiterativa) mientras suena la música de Aparato raro, Los enanitos verdes o Upa, la tecnología era analógica y se escuchaba música en cassettes que se retrocedían con un lápiz bic.
Aunque Celeste tiene menos años de los que tenía Ilic en los noventa, el personaje tiene aspectos biográficos de la directora que vivió su juventud en El Salvador a 2 mil metros de altura, donde varias familias formaron una comunidad amorosa que se iba a acampar a las playas desiertas del norte con carpas hechas con sacos de papas, construyendo otra realidad posible frente al horror político de la dictadura.
Era un tiempo en que la transición democrática y sus promesas incumplidas de que la alegría llegaría, convivía con los últimos estertores de la dictadura y sus ejercicios de enlace y boinazos, que hacían coexistir el miedo y la esperanza.
Es interesante que sean directoras jóvenes chilenas quienes incorporan en sus películas una reflexión sobre la transición a la democracia, como un aporte a la memoria desde el cine nacional. A partir de historias cotidianas de mujeres protagonistas están las ficciones “Tarde para morir joven” de Dominga Sotomayor (41), la propia “Cuerpo celeste” o la próxima “El deshielo” de Manuela Martelli (43), que aterrizará en Cannes; y en documental, “La vida que vendrá” de Karin Cuyul (38), que se estrena en mayo. Un cruce entre lo personal y político muy propio del cine de mujeres.
