Luego de su paso en 2025 por el Toronto International Film Festival, llegó a Prime Video la comedia de Aziz Ansari; nuestra entrevista ya está disponible en YouTube.
En Good Fortune, Aziz Ansari ensaya una comedia que funciona más como un dispositivo de observación que como un vehículo de gags. Su Los Ángeles no es la ciudad de la promesa a la que estamos acostumbrados a ver sino que es un territorio de fricción. Es un espacio donde el trabajo se fragmenta en tareas, aplicaciones y trayectos, y donde la estabilidad aparece como excepción. Arj, interpretado por el propio Ansari, es un editor que encadena empleos, duerme en su auto y se vuelve figura representativa de una economía que ha naturalizado la precariedad.
La premisa es sencilla: un ángel decide intervenir. Gabriel, interpretado por Keanu Reeves, intercambia la vida de Arj con la de Jeff (Seth Rogen), un inversor tecnológico cuya rutina transcurre entre reuniones difusas y consumo excesivo. Lo que podría leerse como una fábula clásica, como un “príncipe y mendigo” contemporáneo, se convierte en otra cosa. Vendría a ser un experimento que expone hasta qué punto las condiciones materiales determinan la experiencia. Cuando Arj accede al privilegio, no hay aprendizaje edificante ni retorno posible. La hipótesis se confirma sin necesidad de subrayados.
Ese punto de partida no es casual. Ansari ha señalado que el guion se nutre de entrevistas y trabajo de campo con trabajadores de plataformas y activistas sindicales. Hay en la película una base empírica que evita la caricatura y le da espesor a ese contraste entre Arj y Jeff: no son opuestos abstractos, sino dos formas concretas de habitar una misma ciudad.

En ese marco. Gabriel no ordena el relato ni lo resuelve. Ansari lo pensó como “el alma de la película”, pero no en un sentido estructural, sino como una presencia que descoloca. Su ingenuidad, su torpeza y su falta de comprensión frente al mundo humano terminan reforzando la idea central: no hay instancia superior que organice el caos porque pareciera que ni siquiera lo divino entiende del todo las reglas del juego.
Ansari retoma así la sensibilidad de Master of None pero acá no solo se trata de observar otras experiencias, sino de habitarlas. El intercambio de vidas funciona como un mecanismo directo de comprobar qué ocurre cuando las condiciones cambian. La película evita la moraleja y escapa del didactismo; y consigue que la sátira sea el mayor logro de la historia porque escupe una incomodidad persistente-
Aunque por momentos la forma es irregular ya que el ritmo se quiebra y el humor no siempre encuentra continuidad, pero creo que justamente esa inestabilidad acompaña el mundo que describe, uno donde las reglas son difusas y la experiencia cotidiana se fragmenta.
En ese sentido, Good Fortune no busca consuelo. La idea de “buena fortuna” o, si se quiere, de un cielo que se equivoca funciona como ironía antes que como promesa. La película no corrige el mundo ni propone una salida, simplemente se limita a exponerlo, y en un mundo que parece negarlo, ya es suficiente.
