«Plata o mierda»: Refugio de imágenes encerradas

“Lo mío no es un reality, no lo estoy pasando bien. Tengo ganas de tirar todo a la mierda”, le dice por audio un hombre privado de libertad a una directora que le pide documentar su vida cotidiana tras las rejas, probablemente sin comprender la dimensión del encierro que sufre. Temblores, transpiración y crisis de pánico es lo que siente Marcos Joubert durante su estadía en la cárcel, que incluyó tiempos de pandemia, donde era más probable no sobrevivir en condiciones de hacinamiento y sobrepoblación. 

Ganadora de la competencia argentina de la 27° edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) y en cartelera por estos días en el Cine Gaumont, el documental carcelario Plata o Mierda (2025) de los directores Toia Bonino y el propio Joubert es un valioso documento con imágenes no mediadas por quien está afuera (como sí hemos visto en otras películas de la misma naturaleza), sino registradas directamente por el propio Marcos mientras estuvo privado de libertad por más de siete años. 

Fotograma película «Plata o Mierda»

Dichas imágenes, obtenidas desde un celular ingresado irregularmente al establecimiento penitenciario, están cargadas de profunda humanidad y reflexión. A través de sus decisiones de qué grabar, de su encuadre y del montaje de Toia desde la libertad, vamos viendo la evolución de un hombre que añora la calle y que muchas veces despertaba en medio de la noche con falta de aire y sin saber dónde estaba. Luego recordaba que estaba preso e intentaba no volverse loco. 

Entre los momentos más dolorosos que sufre Marco, están la pérdida de contacto con su hijo pequeño porque su mamá no contesta el teléfono (con quienes vivió mientras estaba en libertad); lograr comunicarse con su defensa para saber cómo sigue su caso y la posibilidad de conseguir una transitoria, sin obtener respuesta; tomar conciencia del paso del tiempo y sentir que está envejeciendo tras las rejas. 

Pero la película es más luminosa que oscura, a pesar de las circunstancias (en ello comparte intención con el documental chileno sobre maternar tras las rejas Malqueridas, de Tana Gilbert). En una celda ínfima con varios catres, un peligroso anafre para cocinar, hasta tele, radio, un water ahí mismo (del que se escuchan los ruidos muy bien trabajados por Mercedes Gaviria) y una ducha hechiza, Joubet nos deja entrar en su intimidad y la de sus compañeros, que se olvidan de la cámara y tratan de no perder la dignidad en el encierro, donde se construyen vínculos, hay visos de solidaridad y despiden emocionados a quienes cumplen su pena. 

Con ingenio arman pesas para hacer ejercicio para relajar la mente y calmar la ansiedad, celebran cumpleaños (usando un cuchillo para cortar el pastel que no pasa desapercibido) o se prestan zapatillas cuando uno tiene alguna audiencia importante. La agudeza y perspicacia de las personas privadas de libertad, se gráfica notablemente en un sistema de sábanas y ganchos para pasarse objetos de una celda a otra. 

Siguiéndole la pista en sus múltiples cambios de cárceles y celdas, el vínculo entre Tonia y Marcos (detenido por primera vez a los 14 años en un enfrentamiento policial y luego cuando fue a tribunales a buscar un documento, por una orden de captura pendiente) va evolucionando: desde la queja de él, que no siempre está dispuesto a hacer lo que ella le pide “porque podrían matarme a puñaladas”, hasta agradecerle el acompañamiento y los consejos, como una bendición. 


Si hay un aspecto de aprendizaje que resulta fascinante en el registro de Marcos en Plata o Mierda, es su transformación en un cineasta y director de fotografía de tomo y lomo. Los planos usando rendijas de luz, reflejos de espejos para ver los pasillos de la cárcel y advertir presencia policial, encuadres casi imposibles que abren ángulos inimaginables y una intensa escena de una tormenta hacen del documental un verdadero aporte social y profundamente cinematográfico.

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