La serie empieza pequeña. Casi banal. Una madre va a buscar a su hijo después de una tarde de juegos. Dirección correcta, horario acordado, conversación rápida en la puerta. Cosas absolutamente comunes. Y precisamente por eso funciona. El terror de la serie nace de lo cotidiano.
Entonces llega la ruptura: el niño nunca estuvo allí.
El espectador espera naturalmente el mecanismo clásico del suspenso: investigación, pistas, sospechosos. Pero la serie hace algo más incómodo. La desaparición no inaugura solo una búsqueda.
Inaugura un juicio.
Y no es un juicio jurídico.
Es un juicio moral.
Muy rápidamente las preguntas dejan de girar en torno al niño y pasan a girar en torno a ella. Su rutina, sus horarios, sus hábitos, su atención. Las personas quieren entender si trabajaba demasiado, si se distraía, si “prestaba suficiente atención”. La investigación deja de ser solo sobre lo que ocurrió y pasa a ser sobre quién es ella.
El padre no estaba presente en ese momento.
Eso es tratado como una circunstancia.
Ella sí estaba.
Eso se vuelve responsabilidad.

Y aquí All Her Fault empieza a mostrar su verdadera propuesta. La serie no solo narra un caso ficticio. Reproduce un mecanismo social profundamente reconocible. La maternidad, dentro de la lógica cultural en la que vivimos, no es vista solo como vínculo: es vista como una obligación absoluta. Un padre puede ser considerado bueno aun siendo ausente. Una madre necesita ser perfecta. Cuando algo se sale de control, el mundo no acepta el azar. Necesita una falla femenina.
El comportamiento alrededor cambia. Las conversaciones se detienen cuando ella llega, las miradas se prolongan, la cercanía se vuelve cautela. Poco a poco deja de ser alguien viviendo una tragedia y pasa a ser alguien que necesita justificar su dolor.
Y surge una trampa imposible de escapar.
Si llora demasiado, es inestable.
Si intenta mantenerse firme, es fría.
Si habla, se está defendiendo.
Si calla, está ocultando algo.
El dolor no basta.
Necesita representar el dolor correcto.
Y la serie da un paso más perturbador. En lugar de acogida, recibe duda. Dicen que pudo haber interpretado mal, que quizá estaba nerviosa, que el shock altera la memoria. Le quitan la autoridad sobre su propia experiencia. Y del marido —que ni siquiera sabe qué ropa lleva su hijo— casi no se habla…
Aquí el suspenso cambia completamente de eje. La historia deja de ser solo sobre una desaparición y pasa a ser sobre credibilidad. Sobre quién es escuchado automáticamente y quién necesita demostrar que merece ser creído.
Y entonces aparece el espejo.
All Her Fault no habla solo de una madre. Habla de la posición femenina dentro de una estructura social donde las mujeres aún son constantemente responsabilizadas por acontecimientos fuera de su control. La reacción alrededor del personaje no es exagerada. Es familiar.
Porque esto ocurre fuera de la ficción.
Las mujeres todavía necesitan justificar sus decisiones, sus horarios, su ropa, sus comportamientos y, muchas veces, hasta la propia violencia que sufrieron. La pregunta frecuentemente no es “¿qué le pasó?”, sino “¿qué hizo para que pasara?”.
La serie deja al descubierto algo incómodo: vivimos un momento en el que la agresividad contra las mujeres no se manifiesta solo en violencia física. Aparece en sospechas automáticas, invalidaciones constantes y exigencias imposibles. Una pandemia silenciosa a los ojos del patriarcado y angustiante para cada mujer que siente el juicio y la deslegitimación que atraviesa relaciones, instituciones y espacios públicos.
Y por eso la desaparición del niño funciona tan bien narrativamente. Sirve como catalizador. No es el tema central: es el detonante. Lo que la serie realmente observa es la rapidez con la que una mujer en sufrimiento se convierte en acusada moral.
El espectador sigue queriendo respuestas para el caso. Pero poco a poco percibe otra pregunta más incómoda: ¿por qué la primera reacción colectiva ante una mujer en dolor sigue siendo sospechar antes que acoger?
All Her Fault deja claro que no se trata de individuos aislados siendo crueles. Se trata de una lógica social aprendida. Una lógica que exige vigilancia femenina constante y que, cuando algo sale mal, busca inmediatamente la falla de la mujer para restaurar la sensación de control del mundo. Si desplazas el feed de tu Instagram verás exactamente eso, y no necesitarás mucho tiempo.
Y quizá sea exactamente por eso que la serie incomoda tanto.
Porque no parece distante.
Parece cotidiano.
Ver All Her Fault es percibir que el misterio no está solo en el paradero del niño. Está en la necesidad colectiva de encontrar la culpa femenina para hacer el caos más soportable.
La serie muestra que, mientras las mujeres sigan siendo juzgadas antes de ser escuchadas, no estamos ante casos aislados: estamos ante un patrón.
Y los patrones sociales no desaparecen solos.
Lo que All Her Fault hace no es solo contar una historia.
Expone un hábito.
Y algunos hábitos ya no pueden seguir siendo tratados como normales.
