«Yo era —para ser franco— un joven malcriado, miserable, narcisista, autodestructivo e insensible, y necesitaba con urgencia una buena pateadura». —Anthony Bourdain
La ductilidad de palabra de Anthony Bourdain siempre estuvo ahí, también sus ganas de ser escritor, pero lo que quiso desde su juventud llegó tarde a su vida e, irónicamente, lo que pensó como un trabajo temporal a sus 19 años durante un verano en Provincetown, se convertiría en la pasión con la que viviría los siguientes veinte años. Allí, finalmente, pudo cumplir su sueño de que sus palabras fueran «escuchadas» por el mundo entero. Un círculo virtuoso, pero plagado de golpes. Al ego, al espíritu, al cuerpo.

El tiempo se ha dedicado a hacer en el cine distintos retratos del aclamado chef. No Reservations, una ficción inspirada en él, y documentales como Roadrunner nos hicieron conocer parte del protagonista de esta biopic, como un mosaico que se va reconstruyendo con pequeños pedazos de su vida y que se complementa con su escritura. Como el gran éxito que lo lanzó al reconocimiento público mundial: Kitchen Confidential. Pero poco —o nada— se había explorado sobre quién era Anthony Bourdain en su juventud (más allá de uno que otro pasaje contado en sus libros).
El director Matt Johnson se encarga de eso de una manera brillante, ligera pero impactante. Johnson primero nos presenta a un protagonista que se supera con cada una de sus elecciones fílmicas y de sus performances. El gran Dominic Sessa (The Holdovers) se posiciona así en los zapatos de un joven Anthony Bourdain: desgarbado, con una mirada llena de misterio y plagado de obsesiones de las que no siempre se hace responsable, pero que lleva consigo corporal y emocionalmente. Ante eso, el realizador responde muy bien para que el público logre empatizar con este errático joven… haga lo que haga. A su vez, Sessa retrata a la perfección esa arrogancia juvenil y esa inseguridad escondida detrás de la necesidad constante de demostrar algo, una contradicción que se roba el film y, a la vez, le entrega toda su fuerza.
TONY
Es 1975. Los pantalones «pata ancha» aún son la moda oficial de la temporada y podemos verlos en múltiples ocasiones en las prendas del personaje principal. Flaco, alto, camiseta sin mangas, chaqueta de cuero y pantalones de media pierna ancha. El final de los setenta vivía en Bourdain; no solo lo contextualizaba en un tiempo y espacio.
Las primeras imágenes lo presentan en la película con un cigarrillo, la mirada fija en una joven y un amigo que le dice, mientras se para decidido en un bar: «Ella es inalcanzable, Tony», a lo que Bourdain responde yendo directo a una mesa llena de mujeres, sin titubear. Ahí está Nancy (Emilia Jones), que mira incrédula a este personaje que se para frente a ella y le dice que será escritor, con una seguridad propia de quien cree que está en lo más alto del mundo y que nadie lo puede bajar. Lo que, por supuesto, rápidamente se derrumba con el poco interés de la respuesta de la joven y con la noticia de que ella pasará el verano en Provincetown, lo que desarma la seguridad inicial de Tony y lo hace regresar a su lugar, literal y emocionalmente.
Luego de postular a una beca de escritura para la que no es seleccionado, pero que a su familia le asegura haber ganado, decide, de un minuto a otro, tomar un ferry e irse en busca de Nancy. Así, con solo un bolso, desembarca en el lugar, lleno de turistas, y con una foto en mano comienza la búsqueda de su «amada», a quien poco le cuesta encontrar, pero con esa misma rapidez descubre que está con otro, lo que lo lleva a un desenfrenado y errático espiral en el que, contradictoriamente, termina encontrando su destino.
La casualidad, a veces, el arte de todas las cosas
Aquí comenzamos a entender el inmenso trabajo realizado por los guionistas Todd Bartels, Lou Howe, Matt Johnson y Matthew Miller, que no dan tregua al dinamismo de los diálogos mezclados con la audacia del realizador de llevar la historia a sus extremos, como la personalidad misma de Tony en esos años.
Luego de una borrachera en un bar, donde es sacado a la fuerza y termina durmiendo en una vereda, Ciro, el dueño del restaurante —un dulce y sabio Antonio Banderas— lo recoge y lo lleva a dormir en una hamaca fuera de su casa. Y lo que empezó como una anécdota de un día, donde el chef principal lo despierta con un balde de agua fría por la mañana, terminaría convirtiéndose en un ritual cuando Tony le pide un trueque: trabajar en el restaurante para poder dormir ahí y conquistar a Nancy.

Cuando Ciro le pregunta a Tony —bautizado en el lugar por sus compañeros como «El Flaco»— si había trabajado antes en una cocina, él, con un temple de acero, le contesta afirmativamente… mientras la audiencia ve cómo su lenguaje corporal dice todo lo contrario, lo que se transforma en una constante en la vida del joven chef.
Tony estaba decidido. No descansaba en su intento de conquistar a quien pensaba que era la persona elegida para él, ni descansaba en su lucha por mantenerse a flote en un ritmo de cocina que le enseñó sobre responsabilidad, pero que no estuvo exento de tentaciones. Como flirtear por primera vez con las drogas, lo que se muestra en el film a través de su amistad con Sal (un sólido Leo Woodall), quien transita sus días entre las ostras y la cocaína o la heroína, según el día y la preferencia.
El debut y despedida
Así, entre este nuevo mundo que lo tenía en la tensión de la responsabilidad y la rebeldía, poco a poco el joven protagonista —que vivía a punta de mentiras— logra convencer a Nancy de que estaba ahí porque se había ganado la beca de escritura y de que cocinaba porque su libro sería sobre Ciro.
Pero entre un desafortunado incendio, la angustia de ver que había hecho sufrir a quien lo había ayudado y la posibilidad de seguir hiriendo a quien quería, decide confesar su verdad y comenzar un nuevo camino dentro de todo lo aprendido ese verano en Provincetown.

Lo que finalmente le trajo los frutos que harían que Tony cambiara su nombre, a sugerencia del mismo chef que lo recibió en su casa y al que decepcionó, para convertirse en Anthony, a quien el mundo posteriormente conocería como Anthony Bourdain.
Esto es retratado en una hermosa escena que demuestra que siguió su consejo luego de ser aceptado en el Culinary Institute of America, el instituto de cocina más prestigioso de Estados Unidos. Una escena que cuenta con un cameo de quien fue uno de los amigos más cercanos del chef en la vida real, Eric Ripert (Roadrunner), provocando una hermosa reacción emocional en la audiencia.
Más que una biopic
Un retrato de un comienzo audaz, sin remordimientos, pero con el pulso punk que lo convertiría en un outcast de pluma feroz, un voraz curioso del mundo, como también del lenguaje culinario y humano. Un hombre sensible, con una contradicción entre esa luz y sombra propia de su genialidad, que terminó, tal como él mismo dijo que lo necesitaba, con una buena pateadura que lo llevó, a sus 43 años, a hacerse conocido mundialmente y dejar un legado que hoy Johnson rescata de la mejor manera.
Tony entiende que el verano que comenzó como una huida amorosa terminó convirtiéndose en el punto de partida de toda una vida. Matt Johnson no intenta explicar al Anthony Bourdain que el mundo conoció; prefiere mostrar el instante exacto en que un joven arrogante, impulsivo y perdido encontró un propósito. Esa decisión convierte a la película en algo más que una biopic: en el retrato íntimo del nacimiento de una voz que décadas después cambiaría para siempre la forma de escribir y hablar sobre la cocina, los viajes y las personas.
El film se estrena el 7 de agosto en cines de Estados Unidos y mientras esperamos su fecha exacta para su premiere en latinoamérica.
