Intuyo que parte del público francés que vio por primera vez a Jean-Paul Belmondo imitando burlescamente los gestos de Humphrey Bogart en “Al final de la escapada” debió pensar: “esto no es cine” o “esto es una broma”. Pero quizá ese siempre ha sido el ingrediente secreto de la expresión artística, sobre todo en el cine, a saber, su faceta de juego o su perspectiva lúdica, como sostiene Johann Huizinga en su magnífico estudio “Homo Ludens” desde un ángulo antropológico. A fin de cuentas, el cine es una cuestión de balance, entre arte e industria, técnica y magia, seducción y contención.
¿Qué nos ofrece el alemán Werner Herzog en su último filme, presentado en competencia oficial y que se trata de un proyecto que llevaba años intentando levantar?

Ante nuestros ojos toma forma la historia de las hermanas Freda y Greta Chaplin, conducida por el cineasta desde la ligereza y la aparente falta de dirección. El drama del filme, interpretado de forma sentida por Rooney y Kate Mara, es que, como dos siamesas, no pueden dividir ni lo que hacen ni lo que sienten, como si fuesen dos versiones de la misma identidad. Sobre el papel, la idea es extraordinariamente atractiva, pero el resultado final decepciona por su falta de pulso y de interés. El personaje de Orlando Bloom tiene una presencia determinante en diversos momentos de la trama, pero la guía una aleatoriedad en las situaciones que hace que conforme avanza, se vaya olvidando. Sin embargo, el espíritu burlesco que transmite la película contrasta de forma acentuada con la excesiva politización de nuestro mundo mediático.
Herzog busca desnaturalizar los gestos, hacer que lo cotidiano suene extraño para desfamiliarizarnos de la perspectiva habitual de las cosas. Lo consigue a medias, y de ahí que quiera dedicarle la obra a David Lynch, fallecido a principios del año pasado.

En cierto cine contemporáneo, contra el que “Bucking Fastard” rema, destaca también una obsesión por el control y por el cálculo, es decir, por manejar la técnica de la forma más precisa posible. El digital y las herramientas que trae consigo permiten apuntar hacia nuevas direcciones en ese sentido, pero hay una regla de carácter universal en la creación artística, que es que esta es como un pajarito: “si no se le toca, escapa volando, y si se le aprieta mucho, se le mata”. Desde esta lógica de equilibrio, el veterano Herzog, uno de los cineastas más aventureros de la historia del cine, quizá el que más -consiguió meter una enorme embarcación de madera en un bosque y hacerla avanzar, en beneficio de la ficción-, además de un excelente documentalista, contradice con enjundia esta pulsión por el control, que se manifiesta en muchos cineastas tanto en el género como en lo que podríamos llamar autoría.
Pese a que el proyecto no será recordado como una película importante, al final nos lleva a un espacio inesperado en la campiña irlandesa, en la que suenan los ecos tanto de “Picnic en Hanging Rock”, de Peter Weir, como de los cuadros de Sorolla.
