Mañana empieza la Muestra de Cinema de Venecia y al lado de la Isla de Lido, donde se proyectan las películas en competenciam oficial y paralela, está San Lazzaro, donde podemos asistir gratuitamente, si tienes credencial, a la parte inmersiva del certamen.
El cine hace tiempo que dejó de limitarse a una pantalla. Dentro de Venice Immersive, la competición dedicada a las narrativas de realidad virtual, aumentada y experiencias espaciales, las imágenes ya no se contemplan únicamente: se habitan. El espectador entra en ellas, las recorre y, en algunos casos, se convierte en una pieza más de la narración.
Las propuestas de este año vuelven a confirmar que el futuro del audiovisual no pasa necesariamente por pantallas más grandes, sino por nuevas maneras de relacionarnos con las historias.
Entre las experiencias que mejor ilustran esa expansión del lenguaje cinematográfico se encuentra Bowie: Unseen | Unheard, dirigida por el legendario fotógrafo Denis O’Regan. En apenas 25 minutos, la obra convierte el archivo fotográfico de David Bowie en un espacio sensorial. O’Regan, que documentó momentos decisivos de la carrera del artista, recupera imágenes icónicas, raras e inéditas y las sitúa en un paisaje sonoro tridimensional creado con la tecnología Spatial Audio de L-Acoustics. La propuesta no busca simplemente mostrar fotografías de Bowie, sino devolverles una dimensión temporal y emocional: cada imagen parece cobrar vida a través del sonido. El resultado es una experiencia cercana al recuerdo, donde la fotografía deja de ser documento para transformarse en presencia.

Si Bowie representa la memoria convertida en experiencia, Empire at Sea, de Peter Flaherty, utiliza la realidad aumentada para imaginar un posible futuro. Este drama solarpunk de 22 minutos comienza con una premisa inquietante: un grupo de científicos especializados en cambio climático se instala en una plataforma petrolífera remota durante sus vacaciones de verano para intentar construir una ciudad sostenible sobre el mar. Pero el experimento científico se convierte rápidamente en una lucha por la supervivencia cuando un desastre de enormes proporciones arrasa el continente y el grupo pierde todo contacto con tierra firme.
La particularidad de Empire at Sea está también en su forma. Diez espectadores comparten la experiencia mediante gafas de realidad aumentada y contemplan un holograma de mesa en el que se desarrollan varias líneas narrativas simultáneas. Con actores como Orlando Jones, Ayelet Zurer, Geoffrey Arend y Beth Grant, y mediante sofisticadas técnicas de captura volumétrica, Flaherty propone algo más que una película: una pequeña sociedad ficticia que el público observa desde múltiples ángulos. Es una interesante inversión de escala: el apocalipsis puede caber sobre una mesa, pero sus consecuencias son gigantescas.
Más íntima y melancólica es Finding Frida, dirigida por Hilde Kjøs. Aquí la realidad virtual sirve para rescatar del olvido a una figura histórica que, pese a haber alcanzado reconocimiento internacional, terminó prácticamente borrada de la memoria colectiva: la artista textil Frida Hansen. La experiencia comienza con una pequeña villa art nouveau que gradualmente crece hasta alcanzar una escala envolvente. Desde allí, pasado y presente comienzan a mezclarse.
Guiados por Cecilie, tataranieta de Frida, recorremos un jardín exuberante donde fotografías de archivo, un gramófono y piezas textiles se convierten en puertas de entrada a la vida de la artista. La obra encuentra su fuerza en esa conexión entre generaciones: la historia de Frida no aparece como una reliquia, sino como una herencia todavía activa. Finding Frida entiende la inmersión como una forma de memoria y plantea una pregunta particularmente cinematográfica: ¿qué ocurre cuando descubrimos en el pasado a las personas que necesitábamos para comprender nuestro propio presente?

En una escala mucho más espectacular aparece Galápagos: The Last Eden, una experiencia de 60 minutos producida por el cineasta ganador de múltiples BAFTA y Emmy Anthony Geffen, dirigida por Lina Zilinskaite y Marcus Moresby y narrada por Margot Robbie, en colaboración con Google. El archipiélago de Galápagos se convierte aquí en un territorio para explorar, no simplemente en un paisaje que observar. La experiencia permite recorrer su origen volcánico, sumergirse en sus océanos y acercarse a los procesos evolutivos que hicieron de estas islas uno de los grandes laboratorios naturales del planeta.
La combinación entre lenguaje documental y tecnología inmersiva apunta a una transformación del tradicional cine de naturaleza. En lugar de mirar la evolución desde la distancia, el espectador es invitado a entrar en ella. La utilización de Android XR busca precisamente ampliar esa sensación de presencia y convertir la divulgación científica en una experiencia física y espacial.
Finalmente, Ulrica, de Hongbo Cai, se adentra en un territorio mucho más oscuro. Durante 20 minutos, esta instalación inmersiva transforma imágenes submarinas y sonido espacial en el relato fragmentado de un submarinista que intenta escapar de las profundidades. Mientras desciende, un pulso de baja frecuencia lo persigue: cree que pertenece a una misteriosa nave enemiga conocida como “Ulrica”. A través de proyecciones suspendidas en estructuras acuáticas y una experiencia compartida por varios usuarios, el océano se convierte en un archivo liminal de guerra, memoria y misterio.
Lo fascinante de estas cinco obras es que ninguna parece entender la inmersión como un simple efecto tecnológico. En Bowie, sirve para convertir el archivo en presencia; en Empire at Sea, para experimentar colectivamente un futuro posible; en Finding Frida, para reconstruir una memoria familiar; en Galápagos, para acercarnos al mundo natural desde dentro; y en Ulrica, para convertir el océano en una frontera psicológica.
Esa diversidad es, quizá, la mejor definición de Venice Immersive. Más que una competición tecnológica, es un laboratorio cinematográfico en el que directores y artistas se preguntan qué significa contar una historia cuando el espectador ya no está necesariamente sentado frente a ella. Aquí el encuadre puede desaparecer, la pantalla puede convertirse en espacio y el sonido puede adquirir volumen físico. El cine, en definitiva, empieza a comportarse menos como una ventana y más como un lugar.
Y esa transformación puede ser tan fascinante como desconcertante. Porque si el cine tradicional nos enseñó a mirar, estas experiencias parecen querer enseñarnos algo diferente: a estar dentro de la imagen.
