Cuando Wagner Moura subió al escenario de los Globos de Oro al ganar el premio a mejor actor dramático, agradeció y, cuando mencionó la película El Agente Secreto, dijo que trata sobre la memoria o la falta de ella.
En ese momento fue específico al hablar del período en el que transcurre la película, la dictadura en Brasil, pero también me hizo pensar en Pecadores.
Kleber Mendonça Filho y Ryan Coogler parten de caminos diferentes —uno desde la posible ausencia de memoria, el otro desde su permanencia— y llegan al mismo territorio: el cine como espacio de cultura, no solo de narrativa.
El Agente Secreto en Recife
Kleber siempre ha filmado Recife como quien filma un organismo vivo.
En El Agente Secreto esto se vuelve central: la ciudad no es un escenario histórico, es un archivo.
La dictadura militar brasileña (1964-1985) aparece no por la espectacularización de la violencia, sino por su infiltración en la vida cotidiana. El régimen no domina la pantalla: contamina el ambiente.
Llamadas telefónicas demasiado cortas.
Gente que cambia de tema cuando alguien llega.
Puertas siempre entreabiertas.
Conversaciones susurradas.
La película muestra que la principal herramienta de la dictadura no era solo la violencia física, sino la desconfianza social. La vigilancia no necesitaba estar en todas partes; bastaba con que todos creyeran que podía estarlo.
Aquí Recife se vuelve esencial. La ciudad carga una de las leyendas urbanas más conocidas de Brasil: la Perna Cabeluda —algo oído, comentado, temido, pero nunca plenamente visto. Durante décadas, relatos de persecuciones circularon sin comprobación definitiva, sostenidos únicamente por el testimonio colectivo.
Kleber transforma esa memoria cultural para reforzar que no se debe olvidar.
La dictadura funciona como la Perna Cabeluda: no necesita aparecer para producir miedo.
Es un fantasma social, y los fantasmas solo existen donde algo no fue resuelto.
El protagonista de Wagner Moura vive exactamente en ese estado. No corre todo el tiempo; anticipa. Cada gesto es medido. Su actuación construye un cuerpo en alerta permanente, como si el personaje nunca pudiera pertenecer completamente a su propia cotidianidad. La paranoia deja de ser psicológica y se vuelve ambiental.
El elenco alrededor refuerza la idea: vecinos, colegas y conocidos nunca son neutrales. No hay villanos claros porque la película no habla solo del aparato represivo, sino de una sociedad adaptada al miedo. El autoritarismo no solo se impone: se absorbe.
Por eso El Agente Secreto no habla solo del pasado.
Habla del peligro de la normalización. Cuando la memoria colectiva falla, la historia no desaparece; se transforma en comportamiento, se vuelve la vida cotidiana.

Pecadores y su ancestralidad
Ryan Coogler trabaja el recordar para no olvidar, para resistir.
Pecadores muestra una comunidad que solo sobrevivió porque preservó.
El contexto del sur de Estados Unidos de inicios del siglo XX (y no solo) aún está marcado por la segregación y la violencia racial. Sin protección institucional, la población negra construyó sus propios mecanismos de continuidad y Coogler filma exactamente esos mecanismos.
La iglesia no es solo religión: es organización social.
La música no es entretenimiento: es memoria transmitida.
El rito no es tradición estética: es permanencia histórica.
El blues carga experiencias que no estaban registradas en documentos oficiales: separaciones familiares, trabajo forzado, fe y resistencia. La musicalidad funciona como un archivo histórico vivo. Cada canto es, al mismo tiempo, expresión artística y testimonio.
Lo sobrenatural nace de ese principio. El vampirismo no representa solo un enemigo externo; representa una violencia histórica que se alimenta continuamente. El pasado no acecha porque volvió. Acecha porque nunca se fue.
Michael B. Jordan interpreta dos personajes cuyas identidades dependen de la comunidad. No es solo un individuo enfrentando el peligro, sino alguien responsable de una herencia. Su actuación gana fuerza porque sus decisiones afectan no solo el presente, sino la continuidad del linaje.
Todo el elenco participa en esa construcción. Los mayores guardan memoria, los jóvenes la reciben, y la comunidad transforma experiencia en cultura. Las escenas musicales y religiosas no son pausas narrativas: son el corazón de la película. Allí la historia no se recuerda, se vive.
La Cultura resiste y perdura
Las dos películas revelan lo que los depredadores intentan ocultar.
En El Agente Secreto, la ausencia de elaboración pública de la dictadura empuja la memoria hacia territorios indirectos. Sobrevive en hábitos, silencios, miedos cotidianos, leyendas urbanas y en la arquitectura que fue testigo y permaneció. La cultura aparece como fuerza superviviente casi en paralelo a un recuerdo fragmentado, hoy disperso, casi inconsciente. La ciudad recuerda incluso cuando las personas prefieren no recordar, y cuando casi olvidan, vuelven a recordar que deben estar alerta sin dar ninguna brecha. Volviendo a Wagner Moura en su discurso: si el miedo permanece por generaciones, los valores de quienes resisten también deben permanecer.
En Pecadores, frente a la exclusión histórica, la cultura no se vuelve vestigio: se vuelve estructura. Música, fe y oralidad asumen el papel de archivo colectivo. La ancestralidad no solo se evoca; organiza la vida social, define la identidad y orienta el futuro. La memoria no está dispersa: está compartida. Tal como en El Agente Secreto, necesita resistir.
Ambas películas tratan de sus respectivas culturas y de cómo se enfrenta el miedo, el dolor y los traumas.
En un caso, en una sala con Doña Sebastiana y los suyos; en el otro, con su comida, su religiosidad y su música.
Cuando la historia institucional falla, es la cultura la que asume la función de preservación.
Por más cine de autor
La originalidad de ambos directores nace exactamente de esa relación con la memoria.
Kleber Mendonça Filho trabaja desde la observación. Su mise-en-scène privilegia la duración, la escucha y el detalle cotidiano, y transita entre géneros y referencias cinematográficas. No explica el pasado; lo deja infiltrarse en el presente. El espectador no recibe información: percibe comportamientos. Lo político aparece sin discurso, incorporado al espacio y a las relaciones sociales. Su originalidad está en filmar el tiempo histórico como ambiente: la dictadura no se muestra como un evento cerrado, sino como algo que aún respira dentro de la cotidianidad. Al verla, estamos en el Recife de 1978.
Ryan Coogler trabaja desde la evocación. Utiliza el cine de género, especialmente el terror, para dar forma visible a la memoria colectiva. Lo sobrenatural no sustituye la historia: la vuelve sensorial. Música, espiritualidad y comunidad construyen una narrativa donde pasado y presente (y futuro) coexisten simultáneamente. Su originalidad está en transformar la herencia cultural en experiencia cinematográfica directa: el espectador no solo entiende la ancestralidad, la siente.
Uno filma el tiempo como un silencio que permanece.
El otro filma el tiempo como una voz que continúa.
Al final, ambos afirman la misma idea:
el pasado nunca desaparece.
En el cine de Kleber Mendonça Filho se infiltra en los espacios y comportamientos, pidiendo reconocimiento para no repetirse.
En el cine de Ryan Coogler vive en las personas y los rituales, garantizando continuidad e identidad.
Entre Recife y el sur de Estados Unidos, ambas películas recuerdan algo esencial: la memoria no pertenece solo a la historia, pertenece a la cultura. Y es en el cine donde encuentra una forma de permanecer visible.Y por eso el cine es necesario.
