¿De qué está hecha la memoria de la guerra? ¿Por qué la violencia nos habita con la fuerza de un fantasma mucho después de que las armas se hayan silenciado? Al salir de ver lo nuevo de Christopher Nolan, estas preguntas quedan flotando en el aire con la densidad de la niebla costera.
Es que esta versión duele por su cercanía física. Nolan despoja al mito de su mármol y su distancia mitológica para arrojarlo a una crudeza táctil y descarnada que nos arrastra de inmediato a la urgencia asfixiante de Dunkirk.
Si el director británico ya nos había encerrado en el reloj de supervivencia de aquella playa, y si en Oppenheimer nos hizo testificar el horror moral de la creación de la bomba, en La Odisea completa como una especie de trilogía sobre el trauma y el peso de las consecuencias. Hay una razón por la que Nolan decide abrir y cerrar la película con la imagen del famoso caballo de madera semihundido en la costa de Troya: ese no es el monumento a la victoria; es el monumento a la culpa. Al igual que Oppenheimer contemplando el hongo nuclear, el Odiseo de Matt Damon mira las llamas de ese caballo sabiendo que su astucia militar significó la devastación de todo un mundo y el sacrificio de demasiadas vidas. Ambos personajes deben aprender a convivir con el peso insoportable de lo que hicieron.

Esta relectura moderna se sostiene sobre un pilar fundamental: la mirada de la traducción de Emily Wilson, el texto en el que Nolan apoya su guion. Al adoptar esa perspectiva, la película escapa de la épica del conquistador tradicional. La Penélope de Anne Hathaway ya no es la víctima pasiva que teje y desteje esperando el milagro; posee un peso trágico, una inteligencia enigmática que estira el tiempo en Ítaca mientras su hijo Telémaco, un Tom Holland exacto y voluntarioso, habita la dolorosa orfandad de esperar a un mito.
Ese desierto temporal que separa a los personajes se sutura a través de una genialidad arqueológica de Ludwig Göransson. En mi opinión, Nolan y Göransson componen hoy una de las duplas cinematográficas más demoledoras del cine contemporáneo; su música no acompaña, te aplasta. En La Odisea, el compositor sueco se aleja de las texturas de sintetizador para desenterrar el pulso primitivo de la Edad de Bronce. Al rescatar instrumentos réplica como el aulos y las cuerdas de la lira, la banda sonora se convierte en una marea física y punzante. Es el sonido del dolor con una textura que raspa la pantalla para recordarnos que la identidad de Odiseo se está deshilachando en alta mar. En el cine de Nolan, el sonido siempre es un aterrizaje al corazón, y acá Göransson nos ahoga en la memoria del héroe.

Pero el corazón conceptual de este viaje late con fuerza en el episodio con Calipso (Charlize Theron). Hay un primer plano de una intimidad sobrecogedora cuando ella, al verlo aferrado al amuleto de Penélope, entiende que el alma de ese hombre nunca le va a pertenecer y le regala una última lección: «Entrégate a las consecuencias. Confía». Quizás, la imagen más bella, lírica y radicalmente humana de toda la filmografía de Nolan ocurre en este pasaje. Abandonando el pulso acelerado de su montaje habitual, la cámara de Hoyte van Hoy el tema se posa, con una quietud reverencial, sobre la figura de un Odiseo náufrago en una barca precaria. Ahí, en mitad de una inmensidad cósmica, el héroe que siempre ha luchado contra el tiempo y el mar cierra los ojos y se entrega por fin al vaivén del destino.
La fotografía de Van Hoytema no es solo deslumbrante; es puramente lírica y convierte la rendición de Odiseo en el acto de libertad más poderoso de la película. Es puramente la fragilidad del hombre frente a lo infinito, filmada con una belleza que deslumbra.

Para cuando llegamos al tercer acto, la película alcanza su cumbre dramática. El regreso a casa se filma lejos de la pompa. El reencuentro no necesita discursos solemnes, sino el sutil movimiento de cola de un perro viejo que reconoce a su dueño bajo los harapos del mendigo. Es allí donde Damon brilla, haciendo converger la estampa del hombre rudo con la fragilidad de un hombre roto que solo busca restaurar el orden de su hogar frente a un Robert Pattinson descomunal, un Antínoo que asusta con su presencia y que vuelve a demostrar la capacidad de Pattinson para desaparecer dentro del personaje.
Al final, se hace inevitable pensar en cómo cada relectura de un clásico transforma el mito original para siempre. Esta Odisea quizás pierde la fe homérica en una restauración absoluta del orden, pero lo que Nolan logra acá es algo mucho mayor: no traicionarse. Él deja su propia identidad grabada en una relectura que se siente viva, física y punzante. Al igual que su Odiseo juntando los fragmentos de su identidad rota, el director británico parece reconstruir los pedazos de su propia memoria cinematográfica, como la urgencia de Dunkirk, el peso moral de Oppenheimer, el anhelo del hogar de Interstellar, para dar a luz una obra de un esplendor visual absoluto. Es el Nolan más ambicioso en su escala, pero paradójicamente, el más cercano y desarmado en la intimidad de un personaje que ya no busca la gloria de los dioses, sino el reojo de su perro y el calor de un hogar que el tiempo no pudo borrar.
Ya en cines latinoamericanos. Puedes ver el trailer, acá:
