Esa otra selva blanca: Una cajita de memoria

Hay una pulsión casi vital por visibilizar procesos emocionales y politizar situaciones donde lo personal se hace político, que vincula más fuertemente a las mujeres directoras con lo autobiográfico y el género documental (más allá de que sea más accesible en un todavía masculinizado mundo del cine), con improntas profundamente reflexivas y ensayísticas que transitan por valientes caminos de creación y autodescubrimiento. 

Frente a la pérdida de un ser querido, una etapa de vida, un anhelo o el sueño de un mejor país, muchas documentalistas escarban en los archivos de sus ancestros, en una búsqueda de memoria familiar para descubrir o profundizar la propia identidad personal y decidir qué herencia cultural transmitir a su descendencia. 

Fotograma Esa Otra Selva Blanca

Esa otra selva blanca, el tercer documental de la directora chileno-peruana Teresa Arredondo -ganador de la competencia nacional de Fidocs en 2025 (al igual que sus antecesoras Las cruces, co-dirigida con Carlos Vásquez en 2018, y Sibila en 2012) y que por estos días se exhibe en la Cineteca Nacional- es un proceso de transformación del dolor por el duelo del padre a la ternura de la maternidad, como parte del mismo legado artístico y emocional de cuatro generaciones. 

Filmada en fílmico y con un cuidado manejo de archivos familiares, Esa otra selva blanca es una aproximación íntima y sensible al linaje paterno de la directora, como si hiciera una película con una caja de recuerdos en la que escudriña cartas, estampillas, fotos, cintas de audio, de películas en 8mm, manuscritos y las memorias de su padre «De cuando me puse a mirar para atrás», rememorando la belleza y profundidad de su vínculo filial.

El archivo de Marcial -su padre- fue lo que Teresa eligió como herencia entre sus hermanos, que resultó como un portal en el tiempo hacia recuerdos olvidados y ahora revividos y compartidos con el/la espectador/a. El filósofo, trompetista, escritor y fotógrafo le escribía cartas cuando ella era niña como si la correspondencia que encontraba en el buzón que puso en el patio de su casa, viniera del zorzal Lautaro del Nogal y de su pareja Francisca contándole la buena noticia de que habían tenido crías. 

Entre los recuerdos que Teresa trae de vuelta a la memoria está una película en Súper 8 donde aparece Marcial de niño en los años cincuenta, que permite un encuentro visual imposible entre una mujer adulta y su padre cuando tenía la misma edad que su hijo Simón. La dulzura del niño hace un contraste entre la vida que comienza y la que se fue, participando del documental como un llamado al presente y al futuro en la línea familiar, con su propia cajita de tesoros llena de piedras y arañitas de juguete, y su afán de hacer una película de la lucha de mariposas y mantis religiosas en stop motion. 

En ese mismo hilo ancestral está la escritora y poetisa Matilde Ladrón de Guevara (fallecida a los 99 años), abuela de Teresa y madre de Marcial, con sus cartas de amor que su hijo guardó aunque no fueran de su madre con su padre, sino a su amante, el pianista y entomólogo Walter Gieseking, a quien ella le dedicó viajes secretos y el libro «Mi patria fue su música» cuando él falleció.

Teresa ya había abordado la figura de su pensadora y contestataria abuela de forma oblicua en su ópera prima Sibila (2012), en que Matilde no escatimó esfuerzos en la búsqueda de justicia para su hija Sibila Arredondo, condenada a 15 años de prisión acusada de apología al terrorismo en tiempos del conflicto armado interno en Perú (país en el que Marcial vivió su exilio y al que su hermana emigró enamorada del reconocido poeta peruano José María Arguedas). Con una valentía tan propia de mujeres documentalistas latinoamericanas, Teresa reconstruye la historia de su tía que su familia le ocultó y confronta a Sibila (que actualmente tiene 91 años) respecto del uso de la violencia. 

Fotograma Esa Otra Selva Blanca

La historia de amor, poemas y contradicciones de su abuela Matilde fue el interesante punto de arranque de este documental en primera persona, en el que se fue colando la pérdida del padre, revestida por los ritos, los recuerdos y el amor por el arte, la fotografía (Teresa usa el formato Polaroid en sus viajes y archivo personal), el conocimiento y la filosofía. Como el ejercicio de un filósofo que decidió irse a una selva blanca (de ahí el título del documental) a pensar el mundo y luego volvió a estar más cerca de las personas, para conocerlo. 

Tal como en sus trabajos anteriores (la película de derechos humanos Las Cruces, 2018, sobre los archivos judiciales de la matanza de trabajadores de la CMPC Laja-San Rosendo), la documentalista utiliza el fílmico, haciendo convivir la filmación en Súper 16mm de la cámara Atton de Carlos Vásquez, con el formato cuadrado de la Bolex de 16mm que usa Teresa en sus archivos personales, así como el Hi 8 del material que filmó su padre en un viaje a Japón. Coincidentemente, fue el país al que viajó Teresa apenas quince días después del fallecimiento de Marcial. 

En Esa otra selva blanca, Teresa no sólo hace convivir distintos formatos fílmicos, sino también diferentes etapas -el inicio y el final- del ciclo incansable de la vida, a través de los personajes de su hijo y de su padre. Un circuito inacabable como el renacer de los ginko biloba (cuyas semillas fueron traídas a Viña del Mar desde árboles sobrevivientes de la bomba atómica de Hiroshima) que volvieron a brotar tras los incendios del jardín botánico o la metamorfosis de las mariposas, cuyos cuerpos deben desintegrarse cada vez para volver a formarse, convirtiendo el deterioro en una etapa fundamental para el cambio.

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