“Joan Didion: El Centro Cede”, es un documental conversatorio, donde se revisa, en una íntima conversación entre su protagonista y su sobrino, cómo se fue formando la escritora, un repaso de sus relaciones y por, sobre todo, se convierte, en vida (2017), en un homenaje a su carrera.
La primera vez que leí a Didion, estaba en duelo, y no pude encontrarme con una escritura tan sensata respecto a cómo el tiempo se detiene con la pérdida, pero solo del que lo vive. Los demás, si no han pasado por ella, no hay manera que puedan sentirlo y la protagonista del documental tiene razón: la pérdida y el duelo son una de las pocas experiencias que, irónicamente, debe vivirse para entenderse. Así, de sopetón ya estaba en el mundo de la escritora a través de uno de sus trabajos más personales, «El Año del Pensamiento Mágico».
En su California querida, en San Francisco, cerca de su ciudad natal Sacramento, no podía parar de leer sus parrafos llenos de pasión combinada con una mirada sin endulzar de distintos tópicos. Sin cronología, solo desde la sospecha de sus títulos. Columnas, ensayos y libros, salieron a demostrar porqué fue una voz tan importante en el arte y luego, en la política. Sus letras se convirtieron en testigo, agudo y crítico, de sus vivencias. Una bestia de la investigación con una capacidad de análisis crítico que le faltaba muchas veces a su generación y que encontró en un colega escritor – John Gregory Dunne– un amor, que si bien no tan grande como su amor por las historias, fue un cómplice de letras y revisiones editoriales de vida.

El documental muestra la vida de Didion, mezclando su vida personal con sus logros profesionales. Años sesenta, Estados Unidos en la Guerra de Vietnam, hippies, amor y flores, movimientos políticos que tuvieron su inicio en la bahía donde la escritora estudió y que la llevó a convertirse en una prominente escritora del nuevo periodismo de Norteamérica. “Fue Oro”, decía impactantemente la periodista cuando su sobrino le consulta sobre el reportaje de la niña de cinco años pasando la lengua por su boca llena de drogas y la sensación que tuvo cuando lo presenció. Un ojo que no juzgaba, no se conmovía, documentaba descarnadamente y con el mayor detalle posible traducía a palabra, afilada y movilizadora, lo que veía.
El paso terrenal de la también guionista de cine (A Star Is Born) no fue nada común, su casa recibía visitas como Janis Joplin o Martin Sorsese, su día de trabajo podía llevarla a un escritorio, a un hotel en Honolulu o a una de las cárceles más peligrosas del mundo en el salvador. Trataba cada uno de sus trabajos con una ética infalible y algunas las hacía solo por diversión o pagar su casa en Malibú Beach donde vivió hasta que John le pidió mudarse a Nueva York. Época que marcaría un antes y un después en su vida. En lo profesional y lo personal.
Un trabajo que se transforma en un acompañante visual a sus letras que han marcado la vida de tanta gente y que al escucharla hablar entiendes, como espectador, que estas asistiendo a ese tipo de personas que no se rinden, incansables de la vida, enamoradas del movimiento del día, con un tipo de consumo cultural que atestigua sobre su pasión interior y curiosidad indomable, que abre sus mañanas con una coca cola helada pero que no tubo certeza de cómo terminaban, de un amor incondicional a la palabra y a la vida. Un documental definitivamente digno de ver, lo encuentras en la plataforma de la N roja.
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