La Guerra de los Últimos: una película que pide pantalla grande

Hay películas que funcionan perfectamente en casa. Y hay otras que parecen haber sido concebidas con una idea muy distinta: que el espectador se siente en una butaca, apague el teléfono, mire hacia arriba y se deje envolver por la imagen y el sonido. La Guerra de los Últimos pertenece claramente a la segunda categoría.

El nuevo largometraje dirigido por Ridley Scott se adentra en el terreno de la ciencia ficción y el cine postapocalíptico, pero lo hace desde un lugar menos interesado en la destrucción como espectáculo que en lo que queda de las personas cuando el mundo que conocían ya no existe. Y ahí está, probablemente, una de sus mayores virtudes.

Fotograma La Guerra de Los Últimos

La película tiene como protagonista a Jacob Elordi, quien interpreta a Hig, un joven piloto que intenta sobrevivir en un paisaje devastado. Su refugio es relativamente seguro, pero también es una especie de prisión: un lugar donde protegerse significa, al mismo tiempo, mantenerse alejado de cualquier posibilidad de volver a conectar con otros seres humanos.

A su lado está Bangley, interpretado por Josh Brolin, un hombre de carácter mucho más duro y pragmático. La relación entre ambos es uno de los elementos que le da personalidad a la película. No son exactamente amigos ni tampoco enemigos. Son dos supervivientes que necesitan al otro, aunque sus maneras de entender el mundo sean completamente distintas.

Y cuando aparece una misteriosa señal de radio, la rutina cambia.

Lo que parecía una existencia destinada a repetirse día tras día comienza a abrir una puerta hacia lo desconocido. Hig decide seguir esa señal y abandonar la seguridad relativa de su refugio. Lo interesante es que su viaje no se plantea solamente como una búsqueda de supervivencia. También es una búsqueda de sentido: saber si todavía queda algo del mundo anterior y, sobre todo, si todavía vale la pena intentar encontrarlo.

Ridley Scott juega en su propio terreno

Si hay un elemento que convierte a La Guerra de los Últimos en una experiencia especialmente atractiva para el cine, es la presencia de Scott detrás de las cámaras.

El director británico lleva décadas demostrando una capacidad particular para convertir los espacios en personajes. Desde los mundos futuristas de Blade Runner y Alien hasta los escenarios históricos de Gladiador, su cine suele tener una identidad visual reconocible: grandes composiciones, paisajes que parecen infinitos, contrastes de luz y una atención casi obsesiva por la textura de cada escenario. IMDb registra una filmografía que supera ampliamente las seis décadas de actividad y más de medio centenar de créditos como director.

En esta ocasión, esa mirada se pone al servicio de un mundo silencioso, frío y aparentemente vacío.

Y ese contraste es importante. No todo el impacto de la película proviene de las explosiones o de las escenas de acción. Muchas veces está en la sensación de estar frente a un paisaje demasiado grande para los personajes que lo habitan.

Las montañas, los caminos y las extensiones naturales adquieren una dimensión que difícilmente puede reproducirse de la misma manera en una pantalla pequeña. La producción utilizó los paisajes de los Dolomitas italianos para recrear las Montañas Rocosas de Colorado, una elección que permite que la película tenga una identidad visual propia sin perder la sensación de estar contemplando un territorio salvaje y casi intocable.

Una historia de supervivencia que también habla de soledad

El mundo postapocalíptico es uno de los escenarios más utilizados por el cine contemporáneo. Hemos visto ciudades destruidas, sociedades colapsadas y personajes intentando conseguir agua, comida o combustible. La Guerra de los Últimos toma esos elementos, pero pone el foco en una pregunta mucho más sencilla: ¿qué sentido tiene sobrevivir si no tienes con quién compartir la vida?

Fotograma La Guerra de Los Últimos

Ese juego entre silencio, sonido y música adquiere otra escala en una sala equipada con un buen sistema de audio. Y es precisamente ahí donde la propuesta de La Guerra de los Últimos encuentra una de sus mejores razones para evitar, al menos por una vez, la tentación de esperar al streaming.

¿Por qué verla en IMAX?

Porque el tamaño importa cuando una película apuesta tanto por el paisaje.

Las montañas, las tomas aéreas, los desplazamientos de los personajes por espacios abiertos y la fotografía de los escenarios naturales están pensados para producir una sensación de amplitud. En IMAX, la imagen ocupa una parte mucho mayor del campo visual y el sonido puede envolver al espectador de una manera que difícilmente se replica en casa.

Pero hay algo más importante: la película necesita que el espectador sienta el aislamiento de sus personajes.

Ver a un hombre pequeño atravesando un paisaje enorme no es solamente una cuestión estética. Es una manera de contar la historia. La escala de los escenarios ayuda a entender la fragilidad de quienes todavía permanecen allí.

Una invitación a volver al cine

En tiempos en los que prácticamente cualquier estreno termina llegando tarde o temprano a una plataforma, una película como La Guerra de los Últimos recuerda por qué la experiencia cinematográfica todavía tiene algo especial.

No se trata únicamente de ver una imagen más grande. Se trata de compartir una sala con desconocidos, escuchar el mismo silencio antes de una escena importante, reaccionar colectivamente ante un momento de tensión y dejar que durante un par de horas el mundo exterior desaparezca.

La nueva película de Ridley Scott puede disfrutarse como una aventura de supervivencia, como un relato de ciencia ficción o como una historia sobre personas que intentan encontrar humanidad después de perder casi todo.

Pero probablemente su mayor atractivo esté en la suma de todas esas cosas.

Es una película de grandes paisajes, pero también de pequeños gestos. De peligro, pero también de esperanza. De un mundo que se terminó y de personajes que todavía no están dispuestos a aceptar que todo haya terminado con él.

Y si existe una película que merece ser descubierta con las luces apagadas, el sonido envolviendo la sala y una pantalla ocupando buena parte del campo de visión, La Guerra de los Últimos parece tener todos los argumentos para ser una de ellas.

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