La Virgen de la Tosquera: crecer duele, desear también

Ya disponible en HBO Max La Virgen de la Tosquera, una de esas películas que incomodan e hipnotizan. No se puede dejar pasar este relato sobre el deseo, el verano y la adolescencia.

Basta un plano: una adolescente enroscada en el teléfono, hablando con su supuesta amiga, aunque en realidad es su enemiga porque está con ese chico que desea, para entender, y cito, que “la vida sea una mierda”. En ese gesto mínimo se condensa lo frágil y lo doliente de la adolescencia.

La Virgen de la Tosquera, la nueva película de la directora argentina Laura Casabé, es un triunfo latinoamericano por múltiples razones. En primer lugar, porque se trata de la primera transposición cinematográfica de los relatos de Mariana Enriquez (en este caso La Virgen de la Tosquera y El carrito, ambos de Los peligros de fumar en la cama). En segundo lugar, porque es una colaboración notable que cuenta con la precisión narrativa de Benjamín Naishtat, y que logra alzarse como una de las apuestas más sólidas del cine de género latinoamericano reciente.

La película sigue a Natalia, una adolescente que, junto a sus amigas, transita la urgencia de “dejar de ser” vírgenes, mientras la crisis económica argentina de 2001 se filtra como telón de fondo. Ese equilibrio se altera con la aparición de Silvia, una chica mayor que irrumpe en el grupo a través de Diego: el objeto de deseo de Natalia, ese chico que concentra todas sus fantasías. El ensueño de que la mire, que la elija, que la desvirgue. Esa intensidad, esa sed adolescente, encuentra cuerpo en la interpretación de Dolores Oliverio, que construye una Natalia tan vulnerable como inquietante.

Pero la película no se sostiene solo en sus actuaciones. Hay una búsqueda estética precisa en el trabajo de Casabé, que convierte el entorno natural en un personaje opresivo. La tosquera, con su agua estancada y su barro, se vuelve símbolo de una degradación emocional latente. La cámara, por su parte, se acerca a los cuerpos con un énfasis casi táctil: el sudor, la piel y el roce. Todo contribuye a acentuar ese despertar sexual incómodo, denso y por momentos asfixiante.

También está el tiempo. Algo tan argentino como la siesta: ese momento en que los adultos duermen y el mundo queda suspendido, sin vigilancia. Pero no es descanso: es la luz en su punto más alto, el calor sofocante, la posibilidad de que algo ocurra. Hacia el final, es en plena siesta donde Natalia alcanza su mayor deseo.

La precisión narrativa es otro de los grandes aciertos. Naishtat no solo eleva el texto de Enriquez, sino que potencia sus obsesiones: la crueldad de la adolescencia, pero también las jerarquías sociales. La tosquera no es solo un espacio místico atravesado por deseos adolescentes; es también un residuo industrial, una marca de abandono pero sobre todo, una geografía de la periferia.

La película se hilvana en un ritmo pausado pero así consigue construir el malestar de forma sostenida, y termina de revelar que el verdadero terror no está en lo sobrenatural, sino en algo mucho más cercano. No hay monstruos sino que hay deseo. Entonces entendemos que crecer duele, pero desear también.

Porque a veces alcanza con una plegaria en el barro para que tu mayor pesadilla desaparezca.

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