El amor bajo el lente: la nueva apuesta de Ryan Murphy
Ryan Murphy supo ser, durante años, sinónimo de audacia narrativa. Sus primeras series tenían un pulso reconocible: estilización excesiva, riesgo tonal, personajes al borde del estallido. Con el tiempo, esa firma se volvió irregular y su alianza con Netflix diluyó parte de esa potencia inicial. Sin embargo, sus antologías sobre el crimen, el horror y los monstruos que habitan el imaginario norteamericano, conservaron algo más interesante: la voluntad de desmontar mitologías contemporáneas.
Quizás el punto más alto haya sido The People v. O. J. Simpson: American Crime Story, donde junto a Nina Jacobson y Brad Simpson logró una reconstrucción de los años noventa de notable precisión estética. La puesta en escena no era mera ambientación nostálgica: era comentario cultural y ahí la recreación dialogaba con el presente.
Ahora, el trío de productores inaugura una nueva antología centrada en el amor. El foco ya no está en el crimen ni en el escándalo judicial, sino en una de las parejas más hipnóticas de la cultura estadounidense: John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette-Kennedy. La dirección y el guion recaen en Connor Hines, en su primera colaboración con Murphy, y la serie se inspira en el libro de Elizabeth Beller, Once Upon a Time: The Captivating Life of Caroline Bessette-Kennedy.
El prólogo de ese libro funciona como declaración de principios: no se trata de reabrir la tragedia por morbo, sino de ofrecer una segunda oportunidad interpretativa. Beller escribe movida por la “compulsión” de corregir una narrativa que los tabloides moldearon hasta convertirla en caricatura. Carolyn fue retratada como fría y distante. La investigación la devuelve como una mujer afectuosa, sencilla, pero sobre todo como unavíctima de una maquinaria mediática profundamente misógina.
Pero es inevitable preguntarnos: ¿qué necesidad hay de volver sobre esta historia cuando sus protagonistas ya no están? ¿Es memoria o es explotación? ¿Relectura o reciclaje del mito Kennedy?
Los tres primeros episodios parecen inclinarse hacia una aproximación cuidadosa. La serie adopta una estructura que remite al propio libro: comienza con el día de la tragedia. El día del vuelo final en el que viajaban John, Carolyn y Lauren Bessette, y desde esa inminencia fatal retrocede hacia el encuentro, hacia el momento en que cada uno aún habitaba su propio mundo. Ese recurso no es efectista; instala desde el inicio una atmósfera meláncolica que le da esa intensidad de una historia atravesada por un destino que ya conocemos.
El casting es uno de los grandes aciertos. La elección de intérpretes poco conocidos evita el gesto imitativo y aporta frescura. Paul A. Kelly compone a Kennedy Jr. sin caer en la copia superficial: construye un personaje atravesado por el peso del legado, por la sombra de una dinastía que nunca es solo apellido sino mandato. En su nterpretación se deja ver una tensión entre el carisma público y la fragilidad privada.
Sarah Pidgeon, como Carolyn, encarna esa combinación de seguridad y reserva que definía su figura pública. Su trabajo evita el cliché de la “Cenicienta moderna”, esa fantasía mediática que la comparaba con Diana, Princess of Wales. La actriz apuesta por una construcción más terrenal.
En contraste, Naomi Watts como Jacqueline Kennedy Onassis oscila entre la contención y cierta caricaturización. Algunas escenas rozan el gesto impostado, aunque sus intercambios con Kelly recuperan densidad dramática.
Desde el diseño de producción, la serie ofrece uno de sus mayores placeres: la recreación de la Nueva York de los noventa no es simple decoración vintage. La música, el vestuario, la textura urbana construyen un paisaje sensorial coherente que acompaña el tono íntimo del relato.
Pero lo más interesante es el gesto conceptual. Según declaró Hines, su intención fue escribir una carta de amor a la pareja. Esa definición podría sonar complaciente; sin embargo, en estos primeros episodios se traduce en una apuesta por humanizar, no por santificar. El relato no ignora la fascinación que generaban (la química entre ambos está bien sostenida) pero tampoco los presenta como figuras inaccesibles.
Quizás por eso la pregunta final no es tanto sobre la tragedia como sobre nuestra mirada. ¿Por qué nos atraen las historias de amor de quienes aparentemente “lo tenían todo”? Tal vez porque necesitamos comprobar que incluso en el privilegio existe vulnerabilidad. Que detrás del apellido, del glamour y del archivo fotográfico, había dos personas intentando habitar un vínculo bajo una presión extraordinaria.
La serie no puede juzgarse en su totalidad con apenas tres episodios disponibles. Sin embargo, su inicio es firme porque construye con precisión el mundo que habita, define el tono, pero sobre todo perfila con claridad a sus personajes y su conflicto.
Donde verdaderamente encuentra su fuerza es en la intimidad. En el modo en que se aproxima a ellos dos: a sus silencios, a sus miradas, y sus gestos mínimos que revelan más que cualquier reconstrucción espectacular. El cierre del tercer episodio resulta profundamente conmovedor y vertebrado de humanidad. Es realmente la carta de amor que Hines asegura estar narrando.
Ojalá durante toda la serie pueda ofrecerle a Carolyn algo que durante años le fue negado, esa mirada más justa.
Love Story: John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette está disponible en Disney+
