El 5 de febrero llega a los cines chilenos la nueva película de uno de los hermanos Safdie, nominada a los premios Oscar, y este es nuestro comentario.
Allá por 2009, los Safdie irrumpieron con Daddy Longlegs, una película de tintes autobiográficos donde volcaron parte de su infancia marcada por la separación de sus padres. En ese film ya aparecía algo que sería central en su cine: el vértigo de un mundo inestable, filmado con cámara en mano, con un estilo intimista y casi documental que buscaba capturar una sensación de realidad y naturalismo antes que una narración clásica. En ese padre que intenta sostener durante quince días un rol que le queda grande, ya estaba en germen una de las obsesiones más persistentes de su filmografía.
Porque si algo atraviesa el cine de los Safdie, más allá del frenesí y la adrenalina con los que suele ser definido, es la insistencia en retratar hombres que se piensan más de lo que son. Personajes que siempre están corriendo detrás de algo que nunca termina de ser suficiente. Ese vacío adopta distintas formas, desde la paternidad, la amistad, los negocios hasta el azar, ahora es en el deporte donde encuentran un nuevo territorio de exploración.
Incluso en caminos separados, esa preocupación sigue latente. Benny Safdie, en The Smashing Machine (2025), también se acerca al deporte, pero no para hablar de competencia o gloria, sino de sueños gastados y de un drama doméstico que erosiona cualquier promesa de triunfo. En cambio, Josh Safdie vuelve a un terreno más cercano a su filmografía previa, sobre todo porque retoma la colaboración con Ronald Bronstein, una figura clave en la fibra de su cine. Bronstein no sólo escribe sino que también edita, y en ese doble rol se juega buena parte del nervio moral y formal de estas películas.

En Marty Supreme, Josh Safdie toma la vida deMarty Mauser (interpretado por un sublime Timothée Chalamet), un jugador de ping pong que sueña con viajar por el mundo y triunfar, para desentrañar algo mucho más amplio que una época. Acá la posguerra estadounidense aparece como el caldo de cultivo de una trampa conocida, nada más ni menos que la delself-made man, que es esa idea insistente de que todo depende del esfuerzo individual, incluso cuando las condiciones materiales y simbólicas ya no acompañan. Entonces acá el deporte, lejos de funcionar como relato de superación, se convierte en un escenario donde se exhibe el desgaste de una ambición que llega tarde.
La película nos sumerge en una Nueva York de los años cincuenta recreada con una puesta en escena notable, y nos conduce, casi sin darnos respiro, hacia la caída de su protagonista. Todo lo que puede salir mal, sale mal, y en ese recorrido reaparece el ritmo frenético y vertiginoso tan característico del dúo Safdie–Bronstein, que tanto beben del cine de Scorsese. Pero acá ese vértigo no impulsa hacia adelante sino que empuja hacia el agotamiento.
La desesperación no aparece como un clímax narrativo, sino como un estado permanente. Algo que se arrastra en el tiempo y se inscribe en los cuerpos. Desde el cansancio, la ambición, cierta violencia contenida hasta ese deseo persistente de no querer desaparecer y “ser alguien”. La película no juzga a Marty, pero, y acá está la clave, tampoco lo absuelve, no hay ningún tipo de redención.
A esto se suma un uso fascinante de la música de los años ochenta. Es un detalle oscuro, delirante que lejos de funcionar como nostalgia o simple contraste, nos introduce una sensación de desfase constante. Como si Marty siempre llegara fuera de tiempo a su propio sueño. En una entrevista reciente, Josh Safdie señalaba que la película es, en el fondo, sobre el tiempo: aquello a lo único que realmente le debemos algo. El tiempo entendido como fuerza que no negocia, que no espera, que finalmente vuelve humildes incluso a quienes se creyeron grandes. Esa idea no solo atraviesa los planos (no quiero spoilear el final), sino que encuentra en la música una forma especialmente elocuente de manifestarse.
Marty Supreme termina diciendo más sobre nuestra relación contemporánea con el éxito que muchas películas obsesionadas con “hablar del presente” de manera explícita, expone quirúrgicamente la fantasía tóxica de querer ser alguien y nos muestra la alienación que puede producir esa persecución. Es la conciencia tardía de un personaje que apostó la vida entera a una idea equivocada de grandeza. No tanto la caída, sino el momento en que entiende que llegó tarde a sí mismo.
