Mil pedazos: el silencio ensordecedor del paisaje

En un paseo familiar en auto hacia el norte en un momento atemporal, la madre, Isabel (Paola Gianini), creyendo que la pequeña hija está dormida en el asiento de atrás le recuerda a su marido, Miguel (Daniel Muñoz), que las cosas no pueden seguir así, que está buscando un lugar para quedarse y que podrían tener tenencia compartida de la niña, antes de que se desate la tragedia. 

Basada en el caso real del ermitaño de Las Chilcas, en el drama familiar intimista y cargado de silencios que se estrenó en el Festival de Málaga Mil pedazos, el director Sergio Castro San Martín vuelve a la ficción en su séptimo largometraje, en que el vasto y solitario paraje del Valle del Elqui actúa como reflejo psicológico de un hombre que abandona todo tras una dolorosa pérdida.

Fotograma película «Mil Pedazos»

Es el paisaje nortino vuelto un personaje en sí mismo el que contiene y envuelve a un padre tardío que, tras el accidente, deambula con su hija en brazos buscando ayuda donde no hay nadie. En dramáticas escenas en que el estado de shock lo hace caminar sin rumbo, la impresionante actuación contenida y basada en gestos de Daniel Muñoz se sostiene desde el silencio. 

¿Cómo representar el dolor extremo de perder a una hija pequeña, con la cual tiene un cercano y amoroso vínculo (incluso más cariñoso que el de la niña con su madre), cuando las palabras enmudecidas no se articulan? Sólo vale deambular como poseído por el instinto, tomar agua y bañarse en un curso de agua, encontrar una cueva donde guarecerse y dejar lo más valioso a los pies de un árbol de vida. 

Es justamente el silencio un eje articulador de Mil pedazos, que inicialmente se manifiesta en la condición de sordera de Isabel, que tras un taller con lengua de señas reconoce que las personas sordas son gente muy sola. En la búsqueda de su familia por los cerros desolados y vacíos, Emilia se saca el audífono cada vez que grita el nombre de su marido y su hija, por la interferencia que genera la altisonancia de sonidos. 

Fotograma película «Mil Pedazos»

El diseño de sonido es un área de la producción cinematográfica donde el director Sergio Castro San Martín se involucró directamente en Mil pedazos (al igual que en el guión y el montaje), construyendo una atmósfera sonora donde la economía de diálogos releva los sonidos de la naturaleza desértica. Así también lo había hecho en su anterior ficción La mujer de barro (2015), donde el paisaje nortino -cuya materialidad de las construcciones de Monte Patria es observada con su ojo de también arquitecto– es el marco de la precariedad y violencia sexual que enfrenta una mujer temporera (Catalina Saavedra), en la expresión de un cine sutil caracterizado por un tono documental sobre una forma de vida siguiendo la posibilidad de trabajo por temporada. 

Imposible no vincular la búsqueda intuitiva y desesperada de Isabel en Mil pedazos sin un plan de contingencia ni aceptar compañía, con el rastreo de miles de madres tanteando a ciegas en el desierto los restos de sus seres queridos, porque sin cuerpo no puede haber aceptación de la muerte. 

La mirada política es parte de la filmografía de Castro, que en su último documental El Negro (2020) abordó desde su fuero familiar al frentista Ricardo Palma Salamanca​, que optó por la rebelión armada contra la dictadura; protagonizó una espectacular fuga en helicóptero desde la Cárcel de Alta Seguridad; y habló por primera vez a una cámara después de veinte años prófugo.

La figura del ermitaño, inspirada en el hombre que vivió por tres décadas en Las Chilcas en la Ruta 5 aislado del sistema, es en la que se basa Mil pedazos, que combina drama familiar, road movie, thriller, relato existencial y hasta un toque fantástico. Aunque hubiera sido interesante conocer más de su vida antes de que tomara la decisión tan radical de aislarse, la exigente interpretación de Miguel por parte de Daniel Muñoz lo convierte en un personaje al que, más que entenderlo, hay que acompañarlo en su desolador proceso.

Las actuaciones de Muñoz, Gianini (y también de la pequeña debutante Emilia Rodríguez) son el alma de una película exigente, que dado su carácter minimalista, intimista y con economía de recursos narrativos, por momentos hace temer que no se sostenga en su ritmo pausado. Sin embargo, no sólo logra sostenerse en sus noventa minutos con su arriesgada propuesta de tensión emocional, sino que atrapa al espectador en una suerte de trance hipnótico de un hombre al que le estalló el corazón en mil pedazos.-

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