Existe un lugar común caprichosamente escampado en la crítica artística y por extensión en la de cine, como es el de “ejercicio de estilo”. ¿A qué nos referimos al emplearlo? ¿Es una cuestión de aprendizaje formal del autor y de puesta en práctica de su lenguaje? ¿O es un eufemismo que viene a decir que la obra resultante carece de contenido o de enjundia? Hay un componente manual en la idea de “ejercicio de estilo”, muy presente en todas las películas del director Christian Petzold, cuyo último largometraje se ha proyectado este año en la sección de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes. Petzold es un estilista, pero también muchas otras cosas. Acostumbra a filmar a sus personajes desde una distancia media, capturando con precisión sus contornos y sombras y sin invadir excesivamente su privacidad. Su punto de vista, que lo suele envolver en absorbentes melodías pianísticas, evidencia que su cine está muy capacitado para resistir a cualquier época.
En “Mirrors No. 3” seguimos a una joven que por lo visto se encuentra en una relación sentimental insatisfecha. Se relaciona con la cámara igual que con su compañero, de forma esquiva y sinuosa. La presencia de Paula Beer, como en otros filmes del autor, es huidiza e incluso fantasmal, lo que la hace todavía más atrayente para la mirada. No conocemos más detalles de la mujer a la que encarna aquí.
A medida que se suceden los primeros minutos aumenta la tensión entre la pareja, hasta que sucede algo que inevitablemente los separa, y entonces la protagonista va a parar a manos de una familia desconocida con la cual entablará un lazo conmovedor.

Petzold se revela de nuevo como un maestro de la contención, y también como un pensador de las imágenes a partir de los indicios. Ninguna escena de “Mirrors No. 3” sobra, se autocompleta ella misma, y al mismo tiempo, nunca da nada por sentado. El avance de la trama constata que asistimos a un discreto trabajo de madurez creativa que se articula alrededor de la compasión y de la recomposición tras el trauma.
Petzold es increíblemente respetuoso con el espectador y con los vacíos que este puede llenar con su subjetividad. Es muy agradecido de ver que conforme ha ido avanzando su filmografía, el cineasta ha ido puliendo su inteligencia para originar imágenes en nuestra cabeza, a partir del fino balance entre lo que se muestra y lo que se sugiere.
El director de “Transit” se entiende a las mil maravillas con Beer, que junto a la familia que acoge a su personaje carga con la densidad afectiva de la película.
Hay un vínculo muy hermoso de esta obra con otra reliquia del cine contemporáneo, como es “Diarios de Otsoga”, de Miguel Gomes. La conexión se entabla a partir del hit musical de Frankie Valli & the Four Seasons, “The Night”, que suena orgullosamente en los momentos climáticos de las dos películas.
“Mirrors Num. 3” es, entonces, pura sanación y fibra sensible. Apunta al corazón y satisface las expectativas del público desde una agradecida imprevisibilidad.
“Mirrors No. 3”: el misterio de lo cotidiano ¿Qué opinas? Déjanos tus comentarios
