Misión Imposible: Sentencia Final: Héroes para los tiempos de la incertidumbre artificial

Susan Sontag escribe que antes que una teoría del arte, necesitamos una erótica del arte. En primer lugar, es prioritario sentir la expresión del otro que nos recubre, y ya después podemos entrar en juicios críticos en virtud de determinados criterios.

La última entrega de una de las mejores sagas de acción de los últimos tiempos es emoción a flor de piel, pero también compromiso. Ethan Hunt se enfrenta de nuevo al villano de la anterior parte, “Sentencia Mortal”, quien está ansioso por hacerse con el control de un sistema regulado por inteligencia artificial y que opera a nivel mundial.

Este dilema de características prometeicas entraña una visión sobre el sacrificio y la tragedia que nos retrotrae directamente a los orígenes de nuestra cultura, es decir, a Grecia. Recordemos que cuando Edipo vislumbra su aciago destino y se percata de que carece de las herramientas para cambiar ese rumbo, se arranca los ojos de cuajo. Al hilo de esto, toda “Misión Imposible: Sentencia Final” se articula alrededor de la premisa de si se puede contrariar lo que está escrito de antemano, esto es, si se puede recuperar la contingencia como fuerza motriz de la vida. Hecho que, intrínsecamente, también apela a un cuestionamiento sobre cuál es el grado de relevancia que precisan hoy los guiones cinematográficos. ¿Deben ser simplemente un escrito que se traduzca literalmente en el rodaje o más bien una hoja de ruta orientativa para lo que pueda suceder en las siguientes fases del proceso de fabricación de las películas?

Una de las preguntas que esta aventura propone explícitamente, y que también es una de las constantes del género de acción de todas las épocas, es si realmente somos amos o no de las decisiones que tomamos. De algún modo, se advierte que lo queramos o no, hay muchas decisiones que ya han sido tomadas de antemano, y que nuestra vida puede llegar a ser, sin que nos percatemos, algo conducido. Y es precisamente en este punto donde estamos encallados en el día de hoy, en una refriega ética ante la preeminencia de los algoritmos. 

No todo en esta obra, más definitoria que definitiva, es perfecto. Conforme avanza, la cinta de Christopher McQuarrie gana en coherencia y ata cabos, pues arranca desde una cierta torpeza. Da la impresión que el esfuerzo por levantar el proyecto va más orientado a equilibrar las diferencias respecto a las anteriores partes que a ser algo con carácter propio. Lo cual, si me permiten, acaba siendo meritorio, pues en nuestra actualidad la nostalgia es más un freno a la creatividad que un impulso creador, como sucede con otras franquicias que todavía no han superado el umbral de los años ochenta y noventa. Huelga decir que con Tom Cruise todo es vitalidad, frescura y vitamina.

Se hace muy palpable que los referentes estéticos que tanto McQuarrie como Cruise y el resto del equipo manejan tienen cien años, y pertenecen al período en la que el cine, de la mano de artistas como Buster Keaton o Abel Gance, profesaba una devoción absoluta por la consolidación de las nuevas técnicas, así como una fascinación emergente por el movimiento. Este tipo de cine, bautizado a posteriori como vanguardista, le cede a la escena en sí misma el poder de concentrar toda la energía de la película, y la narración causal, implantada después por el Hollywood clásico como norma general, ocupa un segundo plano. “Misión Imposible: Sentencia Final”, del mismo modo que sus predecesoras, ocupa una suerte de lugar bisagra entre la construcción de un heroísmo canónico y un espacio de experimentación y de ingeniería visual constante. Específicamente, algo que particulariza a Hunt es su tensión respecto al resto de miembros de su grupo, asunto que este filme aborda desde la justicia y la seriedad.

A sus 62 años Tom Cruise, el actor más entregado de nuestro tiempo, sigue prescindiendo de dobles en escenas de una exigencia sobrehumana, en pos de no traicionar la verdad de la interpretación. En una charla junto a McQuarrie aquí en Cannes, en la que apareció por sorpresa, afirmaba que buscar los límites de la resistencia física en lasset pieces es un modo de aprender cosas de las que no es ni siquiera consciente. Y es que, como observan los teóricos Xavier Pérez y Núria Bou, Cruise, y en concreto Ethan Hunt, es un héroe de la era digital, pues la impronta de su figura se traduce iconográficamente en su suspensión en el espacio, en el mantenimiento del propio vuelo, en estrecha consonancia con los entornos inmateriales que despliegan Internet y el mundo virtual. Es una suerte para nosotros seguir teniendo en activo al hombre que podía volar.

“Misión Imposible: Sentencia Final”: héroes para siempre ¿Qué opinas? Déjanos tus comentarios

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