Moscas: Un niño enfrentando a los invasores

Lo primero que le advierte Olga al primer inquilino de una pieza de su departamento cercano a un hospital (que decide arrendar por razones económicas), es que no quiere saber nada de sus familiares hospitalizados. Pero será, justamente, el vínculo improbable (aunque esperable) que se irá formando en torno a la esperanza de mejora de los pacientes y el dolor de la pérdida el punto de mayor belleza de Moscas, la quinta película del director mexicano Fernando Eimbcke (Olmos, Temporada de patos) estrenada en la Berlinale, que se exhibe en Centro Arte Alameda.

Olga  (Teresita Sánchez), es una mujer de edad avanzada que vive sola en su departamento en Ciudad de México y que combina sus molestias por las moscas -de ahí el título de la película- que vuelan en su ventana (con un gran diseño sonoro); los ruidos de la pareja de arriba teniendo sexo; y subir las escaleras cuando el ascensor está averiado, con jugar solitario en el computador, ver la telenovela de la tarde o salir a almorzar al boliche de la esquina de vez en cuando.

La falta de dinero para realizarse una operación a los juanetes del pie, la obliga a arrendar una pieza de su duplex con reglas muy claras: sólo una persona, estadías cortas, no podrán cocinar, las duchas deben ser rápidas y no quiere información sobre los pacientes de los arrendatarios. Distancia emocional para no involucrarse con el dolor ajeno. 

Tulio (Hugo Ramírez) y su pequeño hijo Cristian de nueve años (un gran trabajo de Bastián Escobar) se encuentran de paso en la ciudad porque su esposa/madre está hospitalizada. Comen en la calle y esperan que Olga apague la luz para subir al departamento y entrar a la pieza que alquilaron con el niño infiltrado, el que durante la noche incluso tiene que orinar en una botella para no ir al baño y levantar sospechas de su presencia.

En medio de la noche, el padre le propone con profunda ternura a su hijo que le mande señales con una linterna a su mamá desde la ventana al edificio del frente, donde está su pieza en el hospital. La delicadeza es la forma en que padre e hijo enfrentan la situación de la madre, sin dotar al relato de exceso emocional o abuso del dolor, sino de profunda y tierna humanidad. 

Con la cámara centrada en un plano detalle de las manos del padre y el hijo entrelazadas cuando están acostados -que lucen aún más hermosas por el blanco y negro de la directora de fotografía María Secco-, el adulto le explica al niño que su madre está luchando contra unas células malas en su cuerpo, tal como los invasores del flipper Space Defenders que a él le encanta jugar.

Ya descubiertos en su pequeño engaño, una molesta Olga sólo les permite quedarse y no llamar a la policía porque le pagan la semana de estadía por adelantado. El arco dramático de la señora cascarrabias va desde la distancia emocional inicial, la vigilancia (el desorden del niño la saca de quicio) hasta el encuentro improbable, la comprensión y el apoyo. 

En el tiempo en que Cristián se queda solo en el departamento porque su papá tiene que trabajar (la vida continúa en paralelo a la labor de cuidados de la esposa), es cuando el niño tierno y obediente va sintiendo la libertad de jugar sin límite de horarios en el celular que su papá le compró y luego le roban (quedando desconectado de él), en el flipper de abajo del edificio y de comprar juguetes en vez de comida con el dinero que le dejaron.  

En ese viaje de autonomía temporal, además de liberar las características propias de la niñez expresadas en el juego libre (aun en tiempos difíciles), intentará ver a su madre enferma para entregarle sus pantuflas, aunque en el hospital no admitan niños ni ella podrá usarlas. 

Moscas está plagada de pequeños momentos de gestos e interacción entre distintas generaciones -una comenzando la vida y otra en la curva de bajada- en encuentros casuales, como cuando en la espera en el hospital un adulto mayor con problemas de movilidad le regala una pelotita y Cristián, a modo de agradecimiento, le pega un sticker en su burrito. 

Los trámites, los papeles, las reglas de los establecimientos hospitalarios, la entrega de remedios, la búsqueda de información, las horas de espera para ver a los familiares son otra capa que le agrega realismo social a esta bella película, que tiene implícitas las implicancias del trabajo de cuidados (generalmente realizado por mujeres, pero en este caso del padre).

En este particular coming of age donde Cristian no pierde la ingenuidad ni la inocencia, la soledad de un niño y la de una adulta mayor por separado, terminará convirtiéndose en apoyo mutuo juntos: el pequeño ayudado para entrar al hospital y la mujer permitiendo que su corazón herido vuelva a abrirse en relación a otros.

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