Quiso el destino que el documentalista que puso el nombre de Chile en el mundo con la maratónica “La batalla de Chile” y sus tres partes (1975, 1976 y 1979) y su vasta filmografía de cine político y de resistencia, se despidiera de este plano justo en el simbólico y doloroso septiembre, mes en que 53 años antes fuera preso político en el Estadio Nacional y debiera abandonar el país como exiliado.
Patricio Guzmán logró con su propia partida lo que el negacionismo trató de invisibilizar al no hacer una ceremonia de conmemoración del quiebre democrático, por primera vez desde la vuelta a la democracia: reactivar la memoria histórica y que su nombre y su legado para el cine chileno, latinoamericano y mundial resonara en distintos continentes, contrarrestando el olvido y la ola neoconservadora global.
Tal como anticipó el propio Guzmán en «Nostalgia de la luz» en 2010, la memoria tiene una fuerza de gravedad: siempre nos atrae. En la primera parte de su trilogía de la luz (que continuó con “El Botón de Nácar” de 2015 y “La Cordillera de los Sueños” de 2019), Guzmán hace una lectura geográfica y territorial de Chile, estableciendo un vínculo entre el calcio de las estrellas que estudian los astrónomos en el desierto de Atacama y el de los huesos de los detenidos desaparecidos que rastrean las mujeres buscadoras familiares de las víctimas. Así como los astros ejercen atracción gravitacional, el trauma histórico de Chile atrae siempre, haciendo volver el pasado al presente, aunque se trate de imponer el olvido.

Así también es tenaz y empecinada, como veíamos en «Chile: La Memoria Obstinada» (1997), en que Guzmán encuentra a personas sobrevivientes que aparecían en “La Batalla de Chile” y la exhibe a distintos grupos de estudiantes, donde sale a relucir parte del trauma histórico en diferentes generaciones, cuarenta años después. No se borra, reaparece una y otra vez, porque “la memoria es un camino para adelante, no para atrás”.
Con su muerte, el nombre de Patricio Guzmán se escribió en países de todo el mundo que reconocieron su maestría al documentar un momento histórico en que el mundo tenía los ojos puestos en Chile y su vía democrática al socialismo, que fue truncada el 11 de septiembre de 1973.
Del mismo modo su figura resonó en vida, cuando en 2015 ganó el Oso de Plata al Mejor Guión en la Berlinale con «El botón de nácar»; el Ojo dorado del Festival de Cannes en 2019 y el premio a la Mejor Película Iberoamericana en los premios Goya en 2022 para «La Cordillera de los Sueños», que es probablemente su documental más personal, donde reconoce que hasta ese momento nunca había hablado de la soledad que lo acompañaba desde el 11 de septiembre de 1973, cuando se produjo el quiebre institucional en Chile.
Incluso su nombre quedó inscrito en la historia del cine mundial, cuando la influyente revista Sights and Sound del British Film Institute ubicó a “La Batalla de Chile” y también a «La nostalgia de la luz» entre los 50 mejores documentales de la historia del cine. Un inédito mérito doble.
“La Batalla de Chile” y sus tres partes: La insurrección de la burguesía (1975); El golpe de Estado (1976); y El poder popular (1979) ha sido considerada por la crítica internacional como una de las obras cumbre del documental político. Paradojalmente, el público chileno recién la pudo ver en 1997 en el marco del Festival Internacional de Documentales de Santiago (Fidocs) que él fundó. Posteriormente, el ahora inexistente canal de televisión abierta La Red la exhibió en 2021 poniéndola a disposición del público masivo, lo que le significó el retiro de auspiciadores y profundizó la crisis económica que terminó con su cierre.

La urgencia por tomarle el pulso a un sueño colectivo de país y luego documentar su destrucción en su trilogía -cuyas latas de celuloide Patricio Guzmán logró resguardar aun siendo preso político en el Estadio Nacional, consciente del valor histórico del material filmado y que le tomaría cinco años montar junto a Pedro Chaskel en el exilio-, convierten su filmografía en un legado que inspira a documentalistas de Chile y el mundo, que cada vez que toman la cámara reafirman su compromiso político y su militancia con el cine de resistencia, sea frente a los poderosos de entonces como los actuales.
Tal como en el título de su última película, Guzmán se dejó llevar por el anhelo del país que imaginaba desde que en los inicios de su carrera volvió a Chile tras sus estudios en España y se encontró en 1970 con un país movilizado, al igual que en el inicio de la revuelta popular del 2019. Aunque «Mi País Imaginario» (2022) es de las películas menos logradas de su valiosa filmografía, su entusiasmo debe entenderse desde la figura de un hombre octogenario que vio su identidad fragmentada con el quiebre democrático y arrastró con el trauma toda su vida, que soñó -como no pocos en ese momento- que esta vez sí podrían abrirse las grandes alamedas.
Es tal la coherencia de Patricio Guzmán con la memoria histórica, que incluso con su muerte -justo en el simbólico septiembre- logró reactivarla frente al negacionismo imperante, reafirmando el valor de su aporte a la discusión pública y debate democrático. Su legado está inscrito en el canon del cine chileno, porque traspasa épocas y supera períodos históricos pendulares, recordándonos cuál es el lugar correcto en la Historia larga.
“El documental siempre tendrá un costado subversivo. Es contrainformación, siempre va a ser peligroso, porque cuenta la verdad”, señalaba Guzmán, que creía en la necesidad de reescribir la historia latinoamericana para tener una base de futuro. Con su partida, la veracidad de su legado quedó marcada en el brillo de las estrellas y la inmensidad del desierto, como un patrimonio inmortal
