Una de las sensaciones más agradecidas de la cinefilia es la sensación, al seguir una película, de estar siendo llevado por alguien que conoce perfectamente los códigos que maneja, que calcula cuidadosamente dónde quiere llevar la trama y que sabe cómo dilatar o contraer los ritmos, como los acordeonistas. Este es sin duda el caso del veterano Lee Chang-dong, uno de los cineastas contemporáneos que más confía en los frutos que dan la paciencia. A esta lista podrían agregarse Nuri Bilge Ceylan o Miguel Gomes, entre otros y otras a quienes les interpelan profundamente la literatura y los argumentos universales.
Tras la impecable “Burning” llevábamos ocho años esperando el próximo trabajo del coreano, y finalmente ha llegado a la Mostra el que podría ser, sin exageración, el filme más brillante del certamen.
“Possible Love”, adquirida por Netflix -decisión que complicará su paso por las salas de cine- es una clase magistral de cómo filmar sorteando cualquier lugar común y sin perder la humanidad ni el equilibrio. Hay aliento cómico donde podría haber histrionismo, y silencio donde podría haber estruendo.

En el filme, que se extiende hasta casi las tres horas, seguimos a una familia de clase obrera que se convierte en protagonista de un documental sobre los trabajadores. La pieza en cuestión está impulsada por la mujer de un empresario millonario, y en esa fricción de puntos de vista convergen las capas de la película, y se desencadena la magia.
“Possible Love” es muchas cosas a la vez, entre ellas un canto a la fabulación y al poder comunicativo y reivindicativo de la palabra oral. También una lección sutil sobre cómo no rodar a cualquier precio, sin reconocer de antemano una posición de poder. En ese sentido, los prejuicios del matrimonio rico y su imposibilidad para abrazar la humildad saltan a la vista. Como en el cine de Kurosawa o de Mizoguchi, muy avezados en proyectar una visión humanista sobre los contrastes de la lucha de clases, las implicaciones del filme son mayúsculas y a la vez sencillas. El modo en el que Lee Chang-dong describe las tendencias concretas de cada personaje configura un itinerario que podría ir del realismo literario tradicional al drama shakesperiano -piénsese en “El sueño de una noche de verano”-.

Más allá de eso, hay algo estético en ella que la hace muy cercana a «Parásitos» o a «Drive My Car», y trasciende los temas o las cadencias. Es la seriedad del enfoque, el escribir y el rodar desde el total compromiso y desde la sensibilidad por lo que representa cada figura.
Su elenco esta conformado por Jeon Do-yeon, Sul Kyung-gu, Zo In-sung y Cho Yeo-jeong, quienes entregan impolutas actuaciones. La trama no incorpora ningún elemento arbitrario, y si no se extendiese tanto, su poso final no sería el que es.
Los tiempos relajados, en ese sentido, se justifican por sí solos, y las catarsis que vierten sobre la pantalla todo lo que el espectador ha estado esperando, extrañado ante las elipsis y las sugerencias previas, son tan delicadas como admirable es el control de la escena, con la cámara que siempre flota a media altura. Una obra dignísima, sorprendente y uno de los estrenos más relevantes de 2026.
