Sirât: el constante movimiento

“Mover” — del latín movere — significa, según el diccionario de la lengua portuguesa, “hacer desplazar(se); transferir(se) de un punto a otro”, pero también “provocar transformación; alterar estado, condición o sentimiento”. El verbo lleva en sí una tensión: es físico y afectivo, geográfico e íntimo. Mover implica desplazamiento, pero también desacomodación, un acto que desestabiliza para crear otra forma de estar en el mundo. Es un verbo que desgarra inmovilidades.

Sirât (2025), dirigida por Óliver Laxe, presenta la travesía de un padre y un hijo que cruzan un desierto en busca de una joven desaparecida. La desaparición de la hija y hermana funciona como chispa inicial, pero la película pronto se expande más allá del argumento: se transforma en una experiencia sensorial, un recorrido hecho de polvo, silencio y pulsaciones electrónicas que reverberan como latidos internos. El viaje atraviesa raves en medio de la nada, comunidades nómadas, instantes de espera y de resistencia. Lo que se busca es a una persona, pero lo que se encuentra es otra forma de existir.

El mover en Sirât es, en primer lugar, sonoro. La música, compuesta por Kangding Ray, guía la película como si fuera una brújula invisible. Cada golpe parece empujar el tiempo hacia adelante, como ondas subterráneas que modelan paisajes. La música mueve cuerpos —personajes y espectadores— fuera del silencio y dentro de una frecuencia. Es la línea tenue de frontera entre desesperación y esperanza, entre noche y amanecer, entre lo íntimo y lo colectivo. La rave, oculta en el desierto, se convierte en un espacio donde moverse no es huida, sino afirmación: una forma de no rendirse al vacío.

El mover también se manifiesta en la danza. En medio del polvo y el calor, los cuerpos bailan como quien intenta sostener el mundo por sus bordes, como quien resiste al colapso. No hay coreografía previa, solo movimientos urgentes e intensos. Es en la danza donde la pérdida y la ausencia, necesidades, adquieren cuerpo. Cada giro, cada salto, cada repetición crea una temporalidad propia.

Otra acción del verbo mover que Sirât trae consigo es la propia búsqueda de Luis y Esteban. El desierto no es un escenario neutro: moldea el viaje, exige esfuerzo físico, fuerza decisiones, impone silencios. La búsqueda, en este contexto, no es solo desplazamiento geográfico; es una travesía emocional. El acto de caminar, de insistir, se convierte en una forma de mantener viva la memoria de quien se ha perdido.Por último, moverse en Sirât es supervivencia, transformación. Nadie sale igual de un camino así. El movimiento físico, del punto de partida hacia lo desconocido, esculpe el destino de los personajes. El desierto impone cambios. Moverse es también aceptar que aquello que se busca tal vez nunca se encuentre, pero que la travesía, en sí misma, ya es revelación. En este mundo de fronteras disueltas, moverse es más que acción: es la respuesta humana al colapso, a la inestabilidad del presente y a la necesidad profunda de seguir.

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