Un film lleno de emocionalidad, coincidencias y del disfrute de las pequeñas cosas de la vida
Thibaut (Benjamin Lavernhe) es un reconocido director de orquesta que en medio de un ensayo se desploma. El diagnóstico es claro, leucemia.
Luego de la noticia habla con su hermana y madre, pero el resultado cambia toda su vida como la conocía hasta ahora. Su hermana no es su hermana, no puede ayudarlo, pero con el ADN descubren que tiene un hermano al que nunca conoció.
Jimmy (Pierre Lottin), tiene una vida muy distinta a la de su hermano y en una hilarante conversación le revela que están ligados de manera sanguínea y que si alguien lo puede ayudar es él. La historia, que le parece en un comienzo inverosímil, empieza a tomar tintes de familiaridad cuando se dan cuenta que la música, desde distintas veredas, ha unido su vida.

Jimmy toca la trompeta en una banda de su pueblo, donde casi todos trabajan en una fábrica que está a punto de cerrar lo que los dejará a todos sin empleo. He ahí donde el Bolero de Ravel toma un ribete tan importante en la historia ya que se dice que Ravel se inspiro en los sonidos mecánicos, como los de una fábrica para crear lo que sería próximamente el Bolero.
Entre el mundo de la élite musical de la sinfónica y la orquesta de pueblo, estos dos hermanos que se conocen en la adultez y en un momento complejo, comienzan a develar una conexión que deja a la audiencia a merced del talento actoral de sus protagonistas.
The Marching Band (Unidos por la Música), fue presentado en Cannes Premiere y que es el tercer largometraje del director Emmanuel Courcol, fue co- escrito por él, Iréne Muscari y Oriane Bonduel, tiene un ritmo que al son de la música clásica va cambiando a los protagonistas en el camino y como un buen crescendo, la intensidad del cariño va tomando una vida que quizás estos hermanos se merecían y nunca pudieron tener. En sus mundos opuestos, fueron estas armonías las que fueron conectando, no solo su relación, si no también quienes los rodean. Jimmy a través de Thibaut logró encontrar un espacio en lo que siempre soñó conseguir y Thibaut, a través de Jimmy se conectó con su parte más emotiva y lúdica.
Todo esto, por supuesto, acompañado de espectaculares personajes secundarios que no hacen más que provocar lo mejor (y peor) de sus protagonistas, al igual que la música, que aunque se basa en clásicos como Chopin o Ravel es acompañada por una selección única compuesta por Michel Petrossian.

Un viaje hermoso para celebrar la vida o lo que queda de ella, de esas pequeñas cosas que se convierten en días, meses, amores, luces y sombras de esta montaña rusa que es el tránsito terrenal y la adultez en un contexto que te hace volver a conectarte con tu niñez o lo que alguna vez te hizo feliz o que no sabías que lo haría.
El director hace brillar tanto a Lottin como a Lavernhe, en sus matices entre el drama y la comedia que hacen que “Fanfare” (The Marching Band) se convierta en un placer francés que te secará tanto una carcajada, como una lágrima.
Desde mañana en cines de Estados Unidos.
