Desde hace un tiempo la premiada documentalista chilena Maite Alberdi viene trabajando con la ficción dentro de la no ficción, en un ejercicio que más que experimentación híbrida remite a un manejo ficcional de la realidad, y en su último trabajo Un hijo propio (2026) -estrenada en la Berlinale, con paso por el Festival de Cine de Guadalajara (donde la homenajearon por su trayectoria), el BAFICI en Buenos Aires y que llegará a Netflix este año-, definitivamente cruza el cerco documental.
Un hijo propio se inscribe en el género híbrido de la docuficción, que en su primera parte recrea con actores un hecho real ocurrido en la sociedad mexicana 15 años antes, que más parece un melodrama. En la segunda -la mejor lograda de la propuesta–, los protagonistas reales expresan a cámara sus razones para haber cometido lo que la justicia consideró el secuestro de un recién nacido.
Alejandra (Ana Celeste) es una joven recién casada que ha perdido tres embarazos y, desesperada por la presión de su marido Arturo, su suegra y la sociedad machista, finge un embarazo y se involucra en un acuerdo con una mujer efectivamente embarazada que no quiere más hijos. Un clásico argumento de teleseries ochenteras que, sin embargo, efectivamente ocurrió en el Hospital General de la Ciudad de México en 2009.
Fue durante la filmación de una serie en México que Alberdi conoció a Alejandra en la cárcel, sorprendiéndose con su caso, que si hubiera sido escrito en una ficción no habría parecido muy creíble. Lo que dice el manoseado proverbio “la realidad supera a la ficción” funciona aquí como material privilegiado para construir una película.
Haciendo visible el dispositivo desde el principio de la película, Alberdi muestra escenas de elección del casting de los actores que interpretarán a los verdaderos protagonistas de la insólita historia, optando por una narrativa de cuento de hadas y un estética kitsch con una paleta de colores cargada a los rosas y fucsia, tan propia de los estereotipos de género de la maternidad.

Como hemos visto cientos de veces en telenovelas latinoamericanas en televisión, Alejandra fingirá su supuesto estado de ingravidez poniéndose distintos tamaños de barrigas de silicona a medida que aumentan las semanas de gestación que, sorprendentemente, su marido será incapaz de distinguir como falsas.
Probablemente el aspecto mejor logrado de la película es la crítica que hace la directora a los mandatos de género que persisten (a pesar de las intensas discusiones feministas de las últimas décadas sobre la autonomía reproductiva y el derecho a decidir si ser madre o no), sobre la maternidad como un estado de gracia que valida a las mujeres.
Es tal la felicidad que desata en su marido y su entorno la llegada de un hijo, que Alejandra se siente en la gloria. En contraposición, no haberlo logrado la habría invalidado y anulado como mujer ante la sociedad y, probablemente, habría significado que su marido la abandonara (y eso que los hechos ocurrieron años antes de nefastas tendencias en redes sociales como las tradewife). Como en un buen melodrama, extrañamente nadie se percata del falso embarazo de Alejandra, ni su marido al tocarle la panza, ni su metiche suegra, ni su entorno de trabajo en un ambiente de profesionales de la salud.
“Quiero ser mamá y no puedo. Y yo voy a ser mamá y no quiero” es el intercambio de palabras que tiene Alejandra con una joven en una clínica de maternidad, que sellaría su destino en una prisión por más de 13 años. Es en el recinto penitenciario donde está recluida Alejandra, que en su segunda parte Un hijo propio se reencuentra con la aguda mirada documental de Alberdi, al lograr entender las razones de una mujer con depresión y que tenía altos niveles de frustración por no poder concebir(se) como madre.
Al volver a su fuente inicial -que encontró reconocimiento internacional con obras como la maravillosa La once (2014) y dos postulaciones al Oscar con El agente topo (2020) y la sensible La memoria infinita (2023)-, es donde Alberdi logra retratar en su sexto largometraje la humanidad de una mujer que en su momento fue calificada por la prensa como un monstruo, la sororidad de las mujeres tras las rejas que tejen redes entre ellas y la cotidianidad entre maquillajes y uñas de acrílico para olvidar por momentos que están privadas de libertad.
Ya en El Agente topo Alberdi recibió críticas por introducir a una persona como infiltrada en una residencia de ancianos y armar situaciones preparadas buscando efectos en el comportamiento de los residentes para filmarlos, alejándose de un estilo observacional y más purista. Con Un hijo propio, la internacionalmente reconocida directora chilena se sincera -probablemente influenciada por Netflix (co-productor y distribuidor de la película)- sobre su entendimiento de la falta de límites del documental, cruzando la cerca hacia la ficción, por más que esté basada en hechos reales.
