En Versalles, Andrés Clariond propone una mirada distinta sobre el derrumbe político. No hay conspiraciones, pasillos de poder o escándalos públicos. Lo que cae y se quiebra sucede en casa. En una hacienda que se convierte en un pequeño palacio delirante donde Chema y Carmina, aislados y heridos, reinventan su propio “reino” para no enfrentarse a la pérdida.
Clariond lo explica desde un lugar frontal y muy sincero. Su interés no estaba en repetir la clásica intriga política, sino en mirar ese momento vulnerable que casi nunca vemos: el “después” del poder.
“Ha habido muchas películas que hablan de intrigas políticas y de la careta pública de los políticos. Yo con Versalles quería abundar en la etapa más íntima y psicológica, en un periodo que es de gran vulnerabilidad y del que no se habla tanto: cuando dejan el poder y cómo les golpea ese cambio tan radical. Porque los políticos, mientras están en el poder, son prácticamente monarcas. Están llenos de reflectores, de aduladores… y como Cenicienta, de un día para otro vuelven a ser personas comunes. Ese lado íntimo y más humano es lo que a mí me apasionaba.”
En la película, ese golpe se transforma en fantasía. Chema y Carmina levantan un Versalles doméstico para seguir sintiéndose relevantes, como si la ilusión pudiera sostener lo que ya se derrumba. El director reconoce que ese recurso responde a algo emocional y también estratégico dentro de la pareja.
“Creo que es una manera de sobrevivir, de sentir que todavía tienen una conexión con ese lugar importante, aunque sea ficticio y provocado por ellos. Para ella es una estrategia: recordarle a él ese gusto por sentirse poderoso. Es como acercarle la sangre a un tiburón. Hace todas estas estrategias para que no abandone el camino y el proyecto que tienen como pareja.”
Y en ese palacio improvisado aparece la teatralidad. Precisamente la que surge del impulso, del deseo de seguir siendo alguien.
“La teatralidad habla mucho de lo que es la política en estos tiempos de redes sociales, donde lo que más pesa es la imagen. Pero ellos no lo hacen para el exterior: lo hacen para saciar sus ansias internas de poder. Lo irónico es que esta actuación, aunque exagerada, es más sincera que la que él pudo tener durante su periodo en el poder. Ahí sí había una careta, un personaje público que se crea.”
Pero Versalles no se queda en México. La película dialoga con una humanidad repetitiva, casi condenada a ensayar las mismas formas de poder con distintos disfraces.
“Desgraciadamente no nos hemos desprendido de la idea de las monarquías, de ver a los políticos —que deberían ser servidores públicos— como estrellas o reyes. Les piden fotos, autógrafos… y ahí es donde se enloquecen. Se vuelven estrellas de la noche a la mañana.”
El cineasta cree que el film toca algo universal: la necesidad de ser visto, de ser reconocido, de sostener una identidad incluso cuando ya no queda nada en pie.
“Versalles toca un tema muy humano: esa necesidad de atención, de aplauso, de reconocimiento, de poder. No está solo en los políticos; lo que pasa es que ellos pueden hacerlo tangible porque tienen los medios. Sí hay cuestiones mexicanas, pero la película habla del desprecio, de perder un lugar asegurado, de la relación de pareja, de los demonios con los que lidiamos todos. Para mí es una película universal.”
Con Versalles, Clariond no busca una lectura literal, sino emocional. No quiere exponer a un político, sino a un ser humano que, al quedarse sin público, construye una corte imaginaria para no enfrentarse al vacío.
Versalles tuvo su estreno mundial el pasado 16 de noviembre en el prestigioso Tallinn Black Nights Film Festival | PÖFF
