Vladimir: la comedia negra que se anima a pensar el deseo

Se nos está yendo marzo y, desde Spanglish Cinema, hay una tarea que no podemos eludir: señalar esas series que el algoritmo deja pasar, pero que en esencia son buena televisión. De la que no se agota en sus actuaciones, aunque acá sean notables, sino que se atreve a pensar, a incomodar, y sobre todo a elegir un tono.

Ese es el caso de Vladimir, disponible en Netflix, una serie que pasó sorprendentemente desapercibida pese a su inteligencia y su audacia formal.

Con ocho episodios de media hora, el formato encuentra su medida justa para adaptar la novela homónima de Julia May Jonas, quien además asume el rol de showrunner. Este doble gesto no es menor: acá hay una fidelidad no solo narrativa sino también conceptual, una transposición que conserva el nervio incómodo del material original.

La historia sigue a una profesora de literatura, interpretada de manera extraordinaria por Rachel Weisz, que ha construido su identidad sobre la lucidez. Segura de su inteligencia, disciplinada en el control de sus emociones, cree haber diseñado una forma de vida donde incluso las infidelidades de su marido pueden ser toleradas bajo un pacto casi teórico, propio del mundo académico que ambos habitan.

Ese equilibrio, sin embargo, se resquebraja cuando la universidad se ve atravesada por el escándalo: su marido es acusado de mantener relaciones inapropiadas con alumnas. Pero la verdadera fisura no proviene del afuera institucional, sino de un movimiento íntimo: la llegada de un joven y magnético colega llamado Vladimir, que la enfrenta a una experiencia que no puede teorizar. Se trata de un deseo ferviente y ardiente.

A partir de ahí, la serie encuentra su centro en la interpretación de Weisz. Su composición es la de una mujer contradictoria, irónica, contenida, que de pronto se ve desplazada de esa fórmula. En ese pasaje, la serie construye uno de esos personajes femeninos que escapan a toda categoría cómoda, no es ni víctima ni heroína, y de esta manera expanden las posibilidades del relato televisivo.

El tono de comedia negra no es un mero recurso estilístico, es un acierto y una posición ética. Desde ese registro, Vladimir propone una mirada incisiva, y deliberadamente sin respuestas, sobre las tensiones contemporáneas: el poder, la moral y el consentimiento. La universidad funciona como un territorio fértil donde la crisis de paradigmas se vuelve visible, mientras la mediana edad aparece como una zona gris desde la cual repensar el deseo.

En términos formales, la ruptura de la cuarta pared remite inevitablemente a Fleabag, pero encuentra su propia justificación: refuerza la subjetividad inestable de la protagonista. No sabemos si nos confiesa, se justifica o simplemente se observa a sí misma. En esa ambigüedad radica su potencia, porque nos vuelve cómplices de sus contradicciones, pero también de su despertar emocional.

Leo Woodall, a quien vimos en The White Lotus, encarna con precisión a ese catalizador que viene a desordenarlo todo. Su Vladimir no es solo un objeto de deseo, sino también una figura que reconfigura las dinámicas de poder y pone en juego preguntas incómodas sobre el consentimiento y la fantasía. No es casual el nombre, la resonancia que tiene con Vladimir Nabokov y su Lolita instala, de manera invertida, el problema de los límites y las zonas éticas difusas.

La serie abre con la protagonista mirando a cámara y afirma que, a cierta altura de la vida, tal vez ya no vuelva a tener poder sobre otro ser humano. Sin embargo, hay una ironía latente donde Vladimir sí ejerce ese poder sobre nosotros. Y lo hace a través de la actuación exquisita de Rachel Weisz que sostiene toda esta historia.

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