Hay pocos géneros tan injustamente menospreciados como la comedia romántica. Durante años fue uno de los motores de Hollywood y una fábrica inagotable de personajes memorables, pero el paso del tiempo pareció convertirla en sinónimo de superficialidad. Hoy el panorama parece dividirse entre producciones pensadas para alimentar el catálogo infinito de las plataformas (historias intercambiables que subestiman a su audiencia) o intentos desesperados por reinventar la fórmula incorporando ciencia ficción, fantasía o estructuras cada vez más cercanas al drama que a la propia esencia del género.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo se renueva una comedia romántica cuando el mundo cambió, cuando las relaciones cambiaron y cuando las mujeres ya no ocupan el mismo lugar que hace treinta años?

La respuesta de Leah McKendrick es muy sencilla y sin vueltas: no hace falta destruir el género para actualizarlo. Basta con comprender por qué esos recursos funcionaban en primer lugar.
Con Voicemails for Isabelle, la directora abraza todos esos tropos que alguna vez definieron a las grandes rom-coms: el destino, las casualidades imposibles, la carrera bajo la lluvia, los gestos desesperados de amor. Pero lejos de convertirlos en una colección de referencias nostálgicas, los utiliza como vehículos emocionales para construir personajes que existen más allá del romance.
La propia McKendrick lo explica durante una entrevista al afirmar que nunca sintió la necesidad de reinventar la rueda.
«Amo los tropos en cualquier género. Un tropo existe porque en algún momento funcionó. Funcionó porque emocionó, porque fue satisfactorio. Todos lo amamos, luego todos empezamos a copiarlo y ahora esperamos que aparezca.»

Esa declaración resume perfectamente la filosofía de una película que entiende que el problema nunca fueron los clichés, sino la falta de verdad detrás de ellos.
La protagonista, Jill (interpretada por una carismática Zoey Deutch), pierde a su hermana Isabelle después de una enfermedad. Incapaz de aceptar completamente la pérdida, continúa enviándole mensajes de voz como si todavía pudiera responderle. Lo que no sabe es que ese número fue reasignado y ahora pertenece a un desconocido que, poco a poco, comienza a enamorarse de la mujer detrás de esas confesiones.
Y si es una premisa hecha y derecha de una comedia romántica clásica, y justamente ahí reside su mayor virtud.Pero antes de hablar del amor romántico, Voicemails for Isabelle habla del amor entre hermanas.
McKendrick contó que la idea nació al imaginar qué haría si perdiera a la persona más importante de su vida.
«Si mi hermana muriera, no esperaría que ella me llamara. Yo seguiría llamándola. Seguiría dejando mensajes. Ella es mi estrella del norte. Fue quien me enseñó qué significa el amor verdadero.»
Por eso la película dedica tiempo a construir esa relación. Entendemos cómo se necesitan, cómo crecieron juntas y cómo Isabelle aprendió a vivir mirando el mundo a través de Jill. Cuando llega la muerte, el duelo no aparece como un simple obstáculo narrativo para que comience una historia de amor; es el verdadero corazón de la película.
Y esa diferencia cambia por completo el funcionamiento del romance.
Durante décadas, las protagonistas femeninas de las comedias románticas parecían definirse únicamente por encontrar a «la persona indicada». Acá en cambio, Jill atraviesa un recorrido completamente distinto. Puede enamorarse, pero nunca necesita que un hombre la complete. Incluso llega a decirlo explícitamente.
Esa independencia no convierte la película en un manifiesto. La convierte en una historia bien contemporánea sin traicionar el género. Pero sobre todo cambia la forma en que está escrito el protagonista masculino.
En muchas rom-coms clásicas era habitual romantizar comportamientos insistentes o invasivos. McKendrick era consciente de ese riesgo y explicó que el equilibrio fue una conversación constante durante el rodaje. Quería que Wes cometiera errores, pero también que fuera capaz de reconocerlos y crecer.
Es un personaje construido desde una mirada claramente femenina: escucha, aprende, acepta cuando se equivoca y entiende que el deseo y las decisiones de Jill tienen el mismo peso que las suyas. Ese female gaze atraviesa toda la película sin necesidad de verbalizarse.
Incluso los grandes gestos románticos encuentran una nueva lectura. La inevitable escena bajo la lluvia aparece dos veces. La primera no es una mujer corriendo hacia un hombre, sino una hermana corriendo hacia otra hermana, porque para McKendrick ese era el verdadero gran amor de la historia. Recién al final será él quien corra desesperadamente para alcanzarla. Es una inversión mínima, pero profundamente significativa.
Visualmente también hay una búsqueda consciente de recuperar el espíritu de las grandes comedias románticas de los años noventa. Junto a la directora de fotografía Julia Swain, McKendrick evitó la estética brillante y homogénea que domina muchas producciones actuales para acercarse al romanticismo cinematográfico de Nora Ephron y Nancy Meyers.
Como explicó la directora, el objetivo era muy simple:
«Queríamos que se viera como esas películas que ibas a ver al cine durante la era dorada de las comedias románticas.»
Voicemails for Isabelle tiene una gran virtud: vuelve al vientre de la comedia romántica. Entiende sus códigos, los abraza sin ironía y encuentra en ellos una forma honesta de emocionar. Porque detrás de cada cliché hay personajes reales, vínculos auténticos y una mujer contando una historia desde una mirada propia. Quizás la comedia romántica nunca necesitó reinventarse. Tal vez solo necesitaba volver a creer en el amor y recordar que existen muchas maneras de contarlo.
